A pocas horas para despertarnos el techo ha comenzado a hacer ruido.
Estoy a duermevela, entre dormido y despierto, pero los persistentes
repiqueteos de gotas contra el tejado de la casa me hacen estremecer
dentro de la cama. Al principio son cuatro gotas, luego ocho, luego
dieciséis y a partir de ahí una auténtica tromba que cae constantemente.
Me quedo callado y mirando al techo de vigas de madera, sin hacer ruido
para no despertar a mis compañeros de habitación, Fer e Irene, que
luego, en el desayuno me confesarán que ellos estaban igual de
despiertos que yo e igual de acojonados que yo. Me vuelvo a dormir.
Suena el despertador que me saca de un profundísimo y esperpéntico sueño. Ducha, vestirse y bajar a desayunar. Fuera hace gris. Típico día de la cornisa cántabra. Amenaza lluvia pero de momento se mantiene.
Cargamos las bicis en el coche de Fer y nos vamos pitando a Cabezón de la Sal. Aparcamos en el Polígono ese que está a la entrada según vienes de Santander. Ya está todo petado de coches con bacas cargadas de bicis y ciclistas que ya van pitando hacia Cabezón. Nosotros tardamos poco en estar listos. Se notan los nervios.
Llegamos hasta donde podemos. Nos quedamos en una calle perpendicular a la avenida desde donde se efectuará la salida. A las siete y media todo está lleno a rebosar de ciclistas que miran a las bicis de los otros ciclistas, que si titanio, que si carbono, que si p***as en vinagre. Dentro de unos minutos todo eso va a dar igual.
Ya es la hora, petardazo y gritos de euforia. Por fin!!! Yo, hoy, tengo ganas.
Tardamos escasos cinco minutos en alcanzar la línea de salida y en pocos más ya estamos saliendo del pueblo y pedaleando alrededor de un sinfín de locos. Todo va muy bien, hay aglomeración, pero se respira un buen ambiente bastante relajado.
Abandonamos el asfalto, con Alberto y Fer. Fer, a pesar de lo grande que es, se escabulle una y otra vez entre la multitud, así que siguiéndole la estela pasamos pelotones y grupos a la vez que vamos avanzando. Sin casi darme cuenta estamos en el kilómetro 20. Ya hemos subido un par de puertos. Lo sé, más que por haber cambiado de marcha o por haber aminorado la velocidad, por que mis pulsaciones están por la nubes. Como una barrita por que me noto con hambre. Paramos en el primer avituallamiento brevemente y comenzamos a enfilar hacia el Soplao. Una carretera, un pueblo, nubes y lluvia. A estas horas ya nos da igual.
Continuamos. A partir de aquí todo lo recuerdo confuso y desordenado. No sé si primero venía el Soplao o la Cocina… La cocina… Bueno, barro, mogollón de gente y una pendiente del copón bendito. Hay que poner pie a tierra. Algunos la suben encima de la bici. Mero trámite. Incluso me parece bien bajarme un poco de la bici para estirar las piernas (me han prometido que después de esto todo es 100% ciclable). El Soplao: Subida chupada, muy ancha y muy bien apisonada, el año que viene eso lo convierten en carretera. Sigue tirando Fer, pero cada vez sus tirones los voy aguantando peor, se emociona cada vez que ve un culo en el que aparece la palabra Mammoth.
Paramos en el avituallamiento y ya nos advierten que la bajada se las trae con avalorios. Efectivamente barro a tutiplén y en muchas de las curvas hay unos badenes creados por arroyos que como no vayas al loro te los comes. A mitad de bajada comienzo a oír un ruido bastante molesto, son los frenos de alguien. Mis XT no pueden sonar así… joder, que son los míos, los pu*os XT tío!!!! Salimos del barro y continuamos bajando por una pista de hormigón que tendrá un buen 20% negativo.
Los frenos me siguen haciendo un ruido infernal. Pienso: o se me han gastado las pastillas en lo que llevo de bajada o es el barro. Pero sigo bajando y bajando y los frenos, a pesar que ya no hay ni rastro de barro siguen haciendo tanto ruido que cuando entro en el pueblo que hay al final de esta bajada, la gente se tapa los oídos. Le doy un manguerazo y, al reanudar la marcha parece que ha dejado de hacer ruido. Pero no me fío ni un pelo. Hablo con Fer y me comenta que cree que a el también se le han gastado las pastillas, todos estamos en las mismas.
Continuamos. Ahora parece que vamos por carretera durante un buen rato. Aquí le damos zapatilla. No recuerdo si llovía o era la carretera que estaba empapada o, quizás, ambas cosas. El caso es que para aquel entonces ya todos estamos calados “Tengo los pies empapados”, “ya, ya, si me lo has dicho tres veces…” Y para colmo ahora nos hacen cruzar un río. La gente lo cruza intentando no poner los pies en el agua pero a mi ya todo me da igual. A saco, por el medio como los jueves!!
Calados, continuamos por una pista hasta que nos hacen volver a la carretera. Estos ya se me han largado en uno de esos arreones que dan. Ahora toca Monte A.
Pendientes muy pronunciadas sobretodo en las curvas. Gracias que tienen hormigón del que agarra que da gusto. No se me hace particularmente largo y creo que a pesar de que Fer y Alberto me han dejado atrás, voy a buen ritmo. A Alberto le logro ver, parece que tiene problemas por que a veces va andando y ya te digo que este tío no es el que se baja de la bici a la mínima de cambio. A pesar de todo, logro alcanzarlo. Continuo y llego a lo que debe ser el punto más alto de esta ascensión. Veo a Fer y Alberto parados poniéndose los impermeables. Yo sigo, les digo que seguramente me pillen en la bajada puesto que yo sin frenos voy a ir con mucho cuidado. Inicio la bajada y parece que los frenos responden, uf!!! menos mal, los puuuuu*os XT tííooo.
Cuando acaba la bajada llegamos a zona civilizada. Me tomo un gel por que tengo la barriga un poco revuelta. No sé, comienzo a estar aburrido de tanta barrita y decido meterme un chute de gel. Al principio todo bien. Pero al poco de pasar el pueblo llegamos a un avituallamiento que parece un festival. Están los de Maestre cambiando pastillas de freno como si fuese el Día de la Pastilla, en el apartado de avituallamiento hay de todo lo que te puedas imaginar, pero yo me lanzo a los mecánicos y les pido que me den unas pastillas para la bici (para que luego digan que no me preocupo por ella!!), pero tengo que esperar a que acabe con una reparación que le lleva unos cuantos minutos. Entre pitos y flautas se me olvida comer algo y cuando llego con las pastillas Fer y Alberto están listos para partir, de hecho, Fer está con una tiritona preocupante. A penas me da tiempo para coger un plátano y beber un potingue de almidón que me han pasado por ahí…
Y aquí se acaba lo bueno. Comienza mi calvario particular que es la ascensión a El Moral. Poco a poco noto que a pesar de ir a buen ritmo para mí, me va pasando gente y más gente. Es la diferencia entre una Pedals de Foc y esto, en la Pedals si tienes un bajón te pasan diez tíos, aquí te pasan 200 en un santiamén. Lejos de desmoralizarme comienzo a hablarme en tono positivo, siempre. Me hablo con calma y respeto “no pasa nada”, “¿a cuantos de estos le han reparado una válvula?” “A ninguno, bueno, entre tanto chalado seguro que a alguno, pero ese seguro que hace mucho y a ti solo hace un año, así que tranqui. Esto acabará ahí arriba”, pues parece que no, que continua, y comienzo a tener mucha hambre. Me paro, me como una barrita de las grandes tranquilamente mientras veo pasar hordas de peña.
La niebla nos rodea casi por completo y creo recordar que es en este punto cuando comienzo a tener problemas para cambiar de velocidades a causa de tener ambos pulgares totalmente insensibilizados.
Al final llego a El Moral. Qué frío. El avituallamiento sólo consiste en agua y unas barritas de chocolate y galletas. Están buenas. Decido no perder mucho tiempo en este avituallamiento y bajo a toda pastilla en busca de algo sólido que meterme en la boca.
Llegamos a la carretera y al poco rato estamos en un avituallamiento sólido. Todavía no llevamos ni 100 kilómetros. Como siga con estas sensaciones, la marcha se me va a hacer más larga que un día sin pan.
Nos adentramos en un valle muy frondoso, tan frondoso que sólo alcanzo a oír un río que por el ruido debe de ir a rebosar. A veces puedo ver una cascada y rocas negras como el betún que dejan escapar agua a raudales. Sigue lloviendo. Las gotas que caen de los árboles son enormes, una sola puede llegar a calar uno de tus guantes. Parece que poco a poco me voy animando. El bocadillo de jamón y el café solo que me he tomado han hecho su efecto. Por lo general voy con el plato mediano siempre que puedo, puesto que con el pequeño no soy capaz de llevar una cadencia adecuada. Pero obviamente, hay momentos en los que no queda más remedio que ceder.
Típico tío que te dice que ya estás, que ya lo tienes, que sólo te queda un kilómetro. Sonríe, que menos. Por fin llegamos al Puerto de la Cruz, o la Cruz de algo, no sé, que me perdonen los locales, pero mis neuronas no dan más que para “pierna derecha, pierna izquierda” Enajenación cercana al 100%. Avituallamiento sólo de agua… Quedan tres o cuatro kilómetros más hasta el siguiente. Venga, a montar otra vez. A todo esto, desde hace muchos kilómetros que voy sufriendo amagos de calambres en las piernas. Menos mal que estoy poniéndome fino a sales minerales en comprimidos. De hecho desde hace algunos avituallamientos las pastillas más buscadas son las de sales minerales y no las de frenos.
Bajada con frío insoportable. Al poco rato, la pista vuelve a subir y se agradece. A partir de ahí comienza mi resurgir. El frío me ha afectado de tal manera que tengo que hacer algo para subir la temperatura corporal. Solución: cañita. Subo a un ritmo más que aceptable, lo que se dice reencontrarse con uno mismo “Que bueno que viniste!”.
Al poco, justo cuando está a punto de que se me pase el buen rollito adquirido por la rasca extrema, llega un avituallamiento como Dios manda: pastas Martínez como para parar a un tren, membrillo, café, Coca Cola, bocadillo de jamón con queso, etc. Meriendo como un niño y de algunas cosas repito. Este es en el avituallamiento que más paro. Ahora viene lo que más me temo, pero que sin embargo es lo que mejor se me dará.
Después del avituallamiento continúa una pista en ascenso, no por mucho rato y, al poco, comienza una bajada en la que paso a un montón de gente, creo que hago bastante buen parcial.
No sé en qué momento, entramos en una carretera en la que se agradece que tu cabeza repose el meneo que acaba de sufrir. El caso es que en la carretera hay unas cuantas curvas de esas de 180º que quitan el hipo y abajo, se divisa un mogollón de gente que espera ver si los suyos llegan de una pieza. Continuamos por la carretera y yo ya lo pongo todo. Platazo y a mover desarrollo que para eso tienes estar patas. Paso a gente y casi sin esperármelo llegamos al cruce donde debemos comenzar el ataque a El Moral por su otra vertiente.
Para mi gran sorpresa observo que el GPS ya marca 132 kms. Me sienta como si me hubiesen regalado 50 kilómetros. Comienzo el ascenso y me da la sensación que cada vez voy a más.
Paso a más gente y esta cuesta hasta el final de El Moral se me hace muy llevadera y sobre todo el ir pasando a gente y ver que ya no me pasan a mi me sube mucho la moral.
Llegamos arriba de todo y ahora, todo es coser y cantar. En el descenso me lo gozo de mala manera, me gustaría llevar una cámara subjetiva para grabarla entera. Entramos en una zona medio llana en la que aprieto de lo lindo, paso a un coche que va con cuidado al adelantar a otros ciclistas. Llegamos a la carretera y me encuentro con el cartel que pone Cabezón de la Sal (5km!!!). Plato y a rodar como si no hubiese mañana.
Entro en la meta lloviendo y el speaker anuncia mi nombre. 11 horazas, que se dice pronto. Irene y algunos otros compañeros estás ahí esperándome para cargar mi bici en el coche y llevarme directo a la casa rural. Por un momento me siento como un profesional. Una de las mejores duchas que recuerdo en mucho tiempo.
Sólo queda dar las gracias a Fer e Irene por todo, con ellos todo ha sido mucho mejor.
Suena el despertador que me saca de un profundísimo y esperpéntico sueño. Ducha, vestirse y bajar a desayunar. Fuera hace gris. Típico día de la cornisa cántabra. Amenaza lluvia pero de momento se mantiene.
Cargamos las bicis en el coche de Fer y nos vamos pitando a Cabezón de la Sal. Aparcamos en el Polígono ese que está a la entrada según vienes de Santander. Ya está todo petado de coches con bacas cargadas de bicis y ciclistas que ya van pitando hacia Cabezón. Nosotros tardamos poco en estar listos. Se notan los nervios.
Llegamos hasta donde podemos. Nos quedamos en una calle perpendicular a la avenida desde donde se efectuará la salida. A las siete y media todo está lleno a rebosar de ciclistas que miran a las bicis de los otros ciclistas, que si titanio, que si carbono, que si p***as en vinagre. Dentro de unos minutos todo eso va a dar igual.
Ya es la hora, petardazo y gritos de euforia. Por fin!!! Yo, hoy, tengo ganas.
Tardamos escasos cinco minutos en alcanzar la línea de salida y en pocos más ya estamos saliendo del pueblo y pedaleando alrededor de un sinfín de locos. Todo va muy bien, hay aglomeración, pero se respira un buen ambiente bastante relajado.
Abandonamos el asfalto, con Alberto y Fer. Fer, a pesar de lo grande que es, se escabulle una y otra vez entre la multitud, así que siguiéndole la estela pasamos pelotones y grupos a la vez que vamos avanzando. Sin casi darme cuenta estamos en el kilómetro 20. Ya hemos subido un par de puertos. Lo sé, más que por haber cambiado de marcha o por haber aminorado la velocidad, por que mis pulsaciones están por la nubes. Como una barrita por que me noto con hambre. Paramos en el primer avituallamiento brevemente y comenzamos a enfilar hacia el Soplao. Una carretera, un pueblo, nubes y lluvia. A estas horas ya nos da igual.
Continuamos. A partir de aquí todo lo recuerdo confuso y desordenado. No sé si primero venía el Soplao o la Cocina… La cocina… Bueno, barro, mogollón de gente y una pendiente del copón bendito. Hay que poner pie a tierra. Algunos la suben encima de la bici. Mero trámite. Incluso me parece bien bajarme un poco de la bici para estirar las piernas (me han prometido que después de esto todo es 100% ciclable). El Soplao: Subida chupada, muy ancha y muy bien apisonada, el año que viene eso lo convierten en carretera. Sigue tirando Fer, pero cada vez sus tirones los voy aguantando peor, se emociona cada vez que ve un culo en el que aparece la palabra Mammoth.
Paramos en el avituallamiento y ya nos advierten que la bajada se las trae con avalorios. Efectivamente barro a tutiplén y en muchas de las curvas hay unos badenes creados por arroyos que como no vayas al loro te los comes. A mitad de bajada comienzo a oír un ruido bastante molesto, son los frenos de alguien. Mis XT no pueden sonar así… joder, que son los míos, los pu*os XT tío!!!! Salimos del barro y continuamos bajando por una pista de hormigón que tendrá un buen 20% negativo.
Los frenos me siguen haciendo un ruido infernal. Pienso: o se me han gastado las pastillas en lo que llevo de bajada o es el barro. Pero sigo bajando y bajando y los frenos, a pesar que ya no hay ni rastro de barro siguen haciendo tanto ruido que cuando entro en el pueblo que hay al final de esta bajada, la gente se tapa los oídos. Le doy un manguerazo y, al reanudar la marcha parece que ha dejado de hacer ruido. Pero no me fío ni un pelo. Hablo con Fer y me comenta que cree que a el también se le han gastado las pastillas, todos estamos en las mismas.
Continuamos. Ahora parece que vamos por carretera durante un buen rato. Aquí le damos zapatilla. No recuerdo si llovía o era la carretera que estaba empapada o, quizás, ambas cosas. El caso es que para aquel entonces ya todos estamos calados “Tengo los pies empapados”, “ya, ya, si me lo has dicho tres veces…” Y para colmo ahora nos hacen cruzar un río. La gente lo cruza intentando no poner los pies en el agua pero a mi ya todo me da igual. A saco, por el medio como los jueves!!
Calados, continuamos por una pista hasta que nos hacen volver a la carretera. Estos ya se me han largado en uno de esos arreones que dan. Ahora toca Monte A.

Pendientes muy pronunciadas sobretodo en las curvas. Gracias que tienen hormigón del que agarra que da gusto. No se me hace particularmente largo y creo que a pesar de que Fer y Alberto me han dejado atrás, voy a buen ritmo. A Alberto le logro ver, parece que tiene problemas por que a veces va andando y ya te digo que este tío no es el que se baja de la bici a la mínima de cambio. A pesar de todo, logro alcanzarlo. Continuo y llego a lo que debe ser el punto más alto de esta ascensión. Veo a Fer y Alberto parados poniéndose los impermeables. Yo sigo, les digo que seguramente me pillen en la bajada puesto que yo sin frenos voy a ir con mucho cuidado. Inicio la bajada y parece que los frenos responden, uf!!! menos mal, los puuuuu*os XT tííooo.
Cuando acaba la bajada llegamos a zona civilizada. Me tomo un gel por que tengo la barriga un poco revuelta. No sé, comienzo a estar aburrido de tanta barrita y decido meterme un chute de gel. Al principio todo bien. Pero al poco de pasar el pueblo llegamos a un avituallamiento que parece un festival. Están los de Maestre cambiando pastillas de freno como si fuese el Día de la Pastilla, en el apartado de avituallamiento hay de todo lo que te puedas imaginar, pero yo me lanzo a los mecánicos y les pido que me den unas pastillas para la bici (para que luego digan que no me preocupo por ella!!), pero tengo que esperar a que acabe con una reparación que le lleva unos cuantos minutos. Entre pitos y flautas se me olvida comer algo y cuando llego con las pastillas Fer y Alberto están listos para partir, de hecho, Fer está con una tiritona preocupante. A penas me da tiempo para coger un plátano y beber un potingue de almidón que me han pasado por ahí…
Y aquí se acaba lo bueno. Comienza mi calvario particular que es la ascensión a El Moral. Poco a poco noto que a pesar de ir a buen ritmo para mí, me va pasando gente y más gente. Es la diferencia entre una Pedals de Foc y esto, en la Pedals si tienes un bajón te pasan diez tíos, aquí te pasan 200 en un santiamén. Lejos de desmoralizarme comienzo a hablarme en tono positivo, siempre. Me hablo con calma y respeto “no pasa nada”, “¿a cuantos de estos le han reparado una válvula?” “A ninguno, bueno, entre tanto chalado seguro que a alguno, pero ese seguro que hace mucho y a ti solo hace un año, así que tranqui. Esto acabará ahí arriba”, pues parece que no, que continua, y comienzo a tener mucha hambre. Me paro, me como una barrita de las grandes tranquilamente mientras veo pasar hordas de peña.
La niebla nos rodea casi por completo y creo recordar que es en este punto cuando comienzo a tener problemas para cambiar de velocidades a causa de tener ambos pulgares totalmente insensibilizados.
Al final llego a El Moral. Qué frío. El avituallamiento sólo consiste en agua y unas barritas de chocolate y galletas. Están buenas. Decido no perder mucho tiempo en este avituallamiento y bajo a toda pastilla en busca de algo sólido que meterme en la boca.
Llegamos a la carretera y al poco rato estamos en un avituallamiento sólido. Todavía no llevamos ni 100 kilómetros. Como siga con estas sensaciones, la marcha se me va a hacer más larga que un día sin pan.
Nos adentramos en un valle muy frondoso, tan frondoso que sólo alcanzo a oír un río que por el ruido debe de ir a rebosar. A veces puedo ver una cascada y rocas negras como el betún que dejan escapar agua a raudales. Sigue lloviendo. Las gotas que caen de los árboles son enormes, una sola puede llegar a calar uno de tus guantes. Parece que poco a poco me voy animando. El bocadillo de jamón y el café solo que me he tomado han hecho su efecto. Por lo general voy con el plato mediano siempre que puedo, puesto que con el pequeño no soy capaz de llevar una cadencia adecuada. Pero obviamente, hay momentos en los que no queda más remedio que ceder.
Típico tío que te dice que ya estás, que ya lo tienes, que sólo te queda un kilómetro. Sonríe, que menos. Por fin llegamos al Puerto de la Cruz, o la Cruz de algo, no sé, que me perdonen los locales, pero mis neuronas no dan más que para “pierna derecha, pierna izquierda” Enajenación cercana al 100%. Avituallamiento sólo de agua… Quedan tres o cuatro kilómetros más hasta el siguiente. Venga, a montar otra vez. A todo esto, desde hace muchos kilómetros que voy sufriendo amagos de calambres en las piernas. Menos mal que estoy poniéndome fino a sales minerales en comprimidos. De hecho desde hace algunos avituallamientos las pastillas más buscadas son las de sales minerales y no las de frenos.
Bajada con frío insoportable. Al poco rato, la pista vuelve a subir y se agradece. A partir de ahí comienza mi resurgir. El frío me ha afectado de tal manera que tengo que hacer algo para subir la temperatura corporal. Solución: cañita. Subo a un ritmo más que aceptable, lo que se dice reencontrarse con uno mismo “Que bueno que viniste!”.
Al poco, justo cuando está a punto de que se me pase el buen rollito adquirido por la rasca extrema, llega un avituallamiento como Dios manda: pastas Martínez como para parar a un tren, membrillo, café, Coca Cola, bocadillo de jamón con queso, etc. Meriendo como un niño y de algunas cosas repito. Este es en el avituallamiento que más paro. Ahora viene lo que más me temo, pero que sin embargo es lo que mejor se me dará.
Después del avituallamiento continúa una pista en ascenso, no por mucho rato y, al poco, comienza una bajada en la que paso a un montón de gente, creo que hago bastante buen parcial.
No sé en qué momento, entramos en una carretera en la que se agradece que tu cabeza repose el meneo que acaba de sufrir. El caso es que en la carretera hay unas cuantas curvas de esas de 180º que quitan el hipo y abajo, se divisa un mogollón de gente que espera ver si los suyos llegan de una pieza. Continuamos por la carretera y yo ya lo pongo todo. Platazo y a mover desarrollo que para eso tienes estar patas. Paso a gente y casi sin esperármelo llegamos al cruce donde debemos comenzar el ataque a El Moral por su otra vertiente.
Para mi gran sorpresa observo que el GPS ya marca 132 kms. Me sienta como si me hubiesen regalado 50 kilómetros. Comienzo el ascenso y me da la sensación que cada vez voy a más.
Paso a más gente y esta cuesta hasta el final de El Moral se me hace muy llevadera y sobre todo el ir pasando a gente y ver que ya no me pasan a mi me sube mucho la moral.
Llegamos arriba de todo y ahora, todo es coser y cantar. En el descenso me lo gozo de mala manera, me gustaría llevar una cámara subjetiva para grabarla entera. Entramos en una zona medio llana en la que aprieto de lo lindo, paso a un coche que va con cuidado al adelantar a otros ciclistas. Llegamos a la carretera y me encuentro con el cartel que pone Cabezón de la Sal (5km!!!). Plato y a rodar como si no hubiese mañana.
Entro en la meta lloviendo y el speaker anuncia mi nombre. 11 horazas, que se dice pronto. Irene y algunos otros compañeros estás ahí esperándome para cargar mi bici en el coche y llevarme directo a la casa rural. Por un momento me siento como un profesional. Una de las mejores duchas que recuerdo en mucho tiempo.
Sólo queda dar las gracias a Fer e Irene por todo, con ellos todo ha sido mucho mejor.
¿Te
ha parecido interesante? Déjanos tu
opinión.


