Trans-mediterránea es el nombre que hemos puesto a una serie de viajes, los cuales realizamos por la costa mediterránea en periodos de puentes y pequeñas vacaciones... De esta manera, uno es empezado donde terminamos el anterior, así pretendemos conocer toda la costa española palmo a palmo.
Trans-mediterránea I:
¿Qué esta semana hay puente...? pues a ver donde vamos... ¿que te parece la playa? Ese comentario de Pedro fue lo único que necesité oír para preparar mis alforjas con lo indispensable para estar pedaleando durante tres días, ¿la zona a recorrer? Desde Vinaroz, pueblo de Castellón que limita con Tarragona , bajando por toda la costa hasta donde llegáramos, la verdad es que la distancia era lo de menos, lo que en realidad me quitaba el sueño era saber que iba a estar tres días disfrutando de lo que más me gusta, bici y playa, ¿qué puede haber mejor?
Y allí estábamos el jueves de madrugada, cargando las bicis en el coche para ponernos rumbo a Vinaroz, el viaje se hizo corto sólo con pensar lo que nos esperaba.
Llegamos a nuestro destino, aparcamos y en menos de media hora ya estábamos preparados para empezar lo que iba a ser nuestra pequeña aventura. Hacía fresco, era temprano, nos abrigamos un poco y al lió... Nos acercamos lo antes posible a la playa, parecíamos dos niños impacientes por ver algo que nunca antes habían visto. Y así transcurrió nuestro primer día, el mar a nuestra izquierda y acompañados de un sol que calentaba bastante, siempre y cuando las nubes se lo permitiesen.
Los kilómetros se acumulaban, pero sólo en el cuentakilómetros porque era un terreno totalmente liso y pedalear no requería mucho esfuerzo. Pasamos muchísimos pueblos a cuál más difícil de pronunciar y después de Peñíscala hicimos una parada para comer, algo ligerito y de fácil digestión, pues eso, un bocata de chorizo ibérico con un litro de horchata... total ná. Sentados en la orilla del mar decidimos continuar, el tiempo empezaba a preocuparnos. Unas nubes con mala cara nos seguían desde hacia dos horas, así que subimos nuestro ritmo de pedaleo pero sin dejar de disfrutar de las vistas.
Estaba claro, nos iba a caer la de Dios. En Oropesa se nos acababa el camino por la costa y nos vimos obligados a salir a la carretera nacional. Fue empezar a transitar por su arcén cuando comenzó a llover como pocas veces había visto. Cada vez que nos pasaba un coche o, sobre todo, un camión, encogíamos los hombros como si ése gesto nos fuera a librar de la cortina de agua que nos caía tras su paso. Decidimos resguardarnos en Benicasim. No nos conformamos con cualquier motel de mala muerte, así que nos alojamos en un hotel de diez plantas en primera línea de playa. Lo malo es que todavía no estaba construido del todo.
Nos saltamos la valla de las obras y buscamos una habitación que tuviera construidos los cuatro tabiques. Hicimos un tenderete para la ropa mojada y en menos de una hora estábamos con ropa de calle en Benicasim pueblo tomando unas copas y relacionándonos con sus gentes. Esa noche nos acostamos tarde, ya sabéis, no todo es pedalear.
La mañana del viernes amaneció como la tarde anterior, lloviendo a cantaros. Recuerdo que fue un día triste. No dejaba de llover y no pudimos salir de nuestro “hotel” hasta la tarde para que no nos descubrieran los obreros que estaban trabajando en la habitación de al lado. Además teníamos esa sensación de derrota porque estábamos perdiendo uno de nuestros tres únicos días con los que contábamos para este viaje.
Por fin llega el Sábado, cielo despejadísimo y los ánimos por las nubes. Empezamos a pedalear muy pronto. No sé porque pero desde primera hora sabíamos que iba a ser un día muy divertido. No se me olvidará como Pedro se untaba crema bronceadora cada cinco minutos. Ese día no paramos de hablar ni de reírnos, tanto es así, que sin darnos cuenta estábamos en Valencia y ni siquiera había anochecido.
Ya en Valencia lo primero que hicimos fue sacar el billete del tren que nos llevaría el domingo a Vinaroz. Salía a las siete de la tarde y tardaba dos horas aproximadamente en llegar a su destino. Buscamos un hotelito, nos pusimos nuestras mejores galas y salimos un rato a tomar algo.
Eran las once de la mañana del domingo y ya nos estaban echando del hotel. Rápidamente recogimos todo y nos dedicamos a recorrer Valencia. Se acercaba la hora y nuestro viaje tocaba a su fin. Eran las siete menos cuarto y allí estábamos, Pedro y yo mirando los paneles digitales de la estación de tren buscando de que vía salía el que nos devolvía a la realidad y la monotonía del trabajo en la ciudad. Casi las siete y nuestro tren no lo anunciaban, nos acercamos a la ventanilla y preguntamos:
- Por favor ¿el tren con destino a Vinaroz?
El hombre nos miro de una forma muy rara
- Pero si ese tren ha salido hace una hora...
Después de treinta segundos de silencio el hombre añadió:
-Ahora son las ocho, no me digáis que no os acordasteis ayer que había que adelantar los relojes una hora.
Ni siquiera respondimos, sólo nos alejamos de la ventanilla, lentamente, como con miedo y en mi cabeza solo se repetía una frase “Dios mío, ahora empieza todo”.
No había ningún otro tren ni autocar que nos pudiera llevar esa misma noche a Vinaroz, así que decidimos coger otro que nos dejaría a cien kilómetros de nuestro destino ¿el resto? En bici, por supuesto.
Doce de la noche, nos bajamos del tren. Cien kilómetros nos separaban de Vinaroz y los nervios por llegar a tiempo al coche iban creciendo cada vez más. Yo tenía que estar el lunes antes de las ocho de la mañana en Madrid para trabajar si no quería que este fuera mi primer y último viaje, así que empezamos a pedalear como locos. Ahora pienso el peligro que corrimos al no llevar luces y recuerdo aquella carretera sin iluminación, llena de camiones y en la que el arcén brillaba por su ausencia.
La osadía nos duró tan solo una hora, el tiempo necesario para darnos cuenta que no merecía la pena tanto riesgo. Paramos en una gasolinera, cuando vi el cuentakilómetros... ¡no me lo podía creer! Habíamos ido a más de treinta y siete de media, en bici de montaña y con alforjas.
Después de preguntar a todos los camioneros que pasaban por allí si me podían acercar a Vinaroz, decidimos llamar a un taxi para que me llevara. Mientras Pedro se quedaba con las bicis esperando allí. Cuando volví a recogerle, ya con mi coche, tenía todas las bicis desmontadas para cargarlas y estaba durmiendo en el suelo de la gasolinera tapado con su saco. Había pasado más de una hora hasta que volví a por él.
Eran casi las tres de la mañana cuando emprendimos nuestra vuelta a Madrid, sin dormir y agotados porque había sido un día de lo mas ajetreado.
Pedro condujo prácticamente todo el viaje. Recuerdo que parecía un ciborg; ni siquiera parpadeaba. Yo no podía ni mantener el peso de mi propia cabeza.
Llegamos un cuarto de hora antes de entrar a trabajar. Lo habíamos conseguido. Nunca antes había estado en una situación tan desesperada y me acordé de la sensación de derrota que tuve el segundo día en Benicasim. Quien nos iba a decir lo que nos esperaba.
Aun así esa misma semana me pasé por la tienda de Pedro y empezamos a planear nuestro siguiente puente...
Oscar Mendoza
Trans-mediterránea I:
¿Qué esta semana hay puente...? pues a ver donde vamos... ¿que te parece la playa? Ese comentario de Pedro fue lo único que necesité oír para preparar mis alforjas con lo indispensable para estar pedaleando durante tres días, ¿la zona a recorrer? Desde Vinaroz, pueblo de Castellón que limita con Tarragona , bajando por toda la costa hasta donde llegáramos, la verdad es que la distancia era lo de menos, lo que en realidad me quitaba el sueño era saber que iba a estar tres días disfrutando de lo que más me gusta, bici y playa, ¿qué puede haber mejor?
Y allí estábamos el jueves de madrugada, cargando las bicis en el coche para ponernos rumbo a Vinaroz, el viaje se hizo corto sólo con pensar lo que nos esperaba.
Llegamos a nuestro destino, aparcamos y en menos de media hora ya estábamos preparados para empezar lo que iba a ser nuestra pequeña aventura. Hacía fresco, era temprano, nos abrigamos un poco y al lió... Nos acercamos lo antes posible a la playa, parecíamos dos niños impacientes por ver algo que nunca antes habían visto. Y así transcurrió nuestro primer día, el mar a nuestra izquierda y acompañados de un sol que calentaba bastante, siempre y cuando las nubes se lo permitiesen.
Los kilómetros se acumulaban, pero sólo en el cuentakilómetros porque era un terreno totalmente liso y pedalear no requería mucho esfuerzo. Pasamos muchísimos pueblos a cuál más difícil de pronunciar y después de Peñíscala hicimos una parada para comer, algo ligerito y de fácil digestión, pues eso, un bocata de chorizo ibérico con un litro de horchata... total ná. Sentados en la orilla del mar decidimos continuar, el tiempo empezaba a preocuparnos. Unas nubes con mala cara nos seguían desde hacia dos horas, así que subimos nuestro ritmo de pedaleo pero sin dejar de disfrutar de las vistas.
Estaba claro, nos iba a caer la de Dios. En Oropesa se nos acababa el camino por la costa y nos vimos obligados a salir a la carretera nacional. Fue empezar a transitar por su arcén cuando comenzó a llover como pocas veces había visto. Cada vez que nos pasaba un coche o, sobre todo, un camión, encogíamos los hombros como si ése gesto nos fuera a librar de la cortina de agua que nos caía tras su paso. Decidimos resguardarnos en Benicasim. No nos conformamos con cualquier motel de mala muerte, así que nos alojamos en un hotel de diez plantas en primera línea de playa. Lo malo es que todavía no estaba construido del todo.
Nos saltamos la valla de las obras y buscamos una habitación que tuviera construidos los cuatro tabiques. Hicimos un tenderete para la ropa mojada y en menos de una hora estábamos con ropa de calle en Benicasim pueblo tomando unas copas y relacionándonos con sus gentes. Esa noche nos acostamos tarde, ya sabéis, no todo es pedalear.
La mañana del viernes amaneció como la tarde anterior, lloviendo a cantaros. Recuerdo que fue un día triste. No dejaba de llover y no pudimos salir de nuestro “hotel” hasta la tarde para que no nos descubrieran los obreros que estaban trabajando en la habitación de al lado. Además teníamos esa sensación de derrota porque estábamos perdiendo uno de nuestros tres únicos días con los que contábamos para este viaje.
Por fin llega el Sábado, cielo despejadísimo y los ánimos por las nubes. Empezamos a pedalear muy pronto. No sé porque pero desde primera hora sabíamos que iba a ser un día muy divertido. No se me olvidará como Pedro se untaba crema bronceadora cada cinco minutos. Ese día no paramos de hablar ni de reírnos, tanto es así, que sin darnos cuenta estábamos en Valencia y ni siquiera había anochecido.
Ya en Valencia lo primero que hicimos fue sacar el billete del tren que nos llevaría el domingo a Vinaroz. Salía a las siete de la tarde y tardaba dos horas aproximadamente en llegar a su destino. Buscamos un hotelito, nos pusimos nuestras mejores galas y salimos un rato a tomar algo.
Eran las once de la mañana del domingo y ya nos estaban echando del hotel. Rápidamente recogimos todo y nos dedicamos a recorrer Valencia. Se acercaba la hora y nuestro viaje tocaba a su fin. Eran las siete menos cuarto y allí estábamos, Pedro y yo mirando los paneles digitales de la estación de tren buscando de que vía salía el que nos devolvía a la realidad y la monotonía del trabajo en la ciudad. Casi las siete y nuestro tren no lo anunciaban, nos acercamos a la ventanilla y preguntamos:
- Por favor ¿el tren con destino a Vinaroz?
El hombre nos miro de una forma muy rara
- Pero si ese tren ha salido hace una hora...
Después de treinta segundos de silencio el hombre añadió:
-Ahora son las ocho, no me digáis que no os acordasteis ayer que había que adelantar los relojes una hora.
Ni siquiera respondimos, sólo nos alejamos de la ventanilla, lentamente, como con miedo y en mi cabeza solo se repetía una frase “Dios mío, ahora empieza todo”.
No había ningún otro tren ni autocar que nos pudiera llevar esa misma noche a Vinaroz, así que decidimos coger otro que nos dejaría a cien kilómetros de nuestro destino ¿el resto? En bici, por supuesto.
Doce de la noche, nos bajamos del tren. Cien kilómetros nos separaban de Vinaroz y los nervios por llegar a tiempo al coche iban creciendo cada vez más. Yo tenía que estar el lunes antes de las ocho de la mañana en Madrid para trabajar si no quería que este fuera mi primer y último viaje, así que empezamos a pedalear como locos. Ahora pienso el peligro que corrimos al no llevar luces y recuerdo aquella carretera sin iluminación, llena de camiones y en la que el arcén brillaba por su ausencia.
La osadía nos duró tan solo una hora, el tiempo necesario para darnos cuenta que no merecía la pena tanto riesgo. Paramos en una gasolinera, cuando vi el cuentakilómetros... ¡no me lo podía creer! Habíamos ido a más de treinta y siete de media, en bici de montaña y con alforjas.
Después de preguntar a todos los camioneros que pasaban por allí si me podían acercar a Vinaroz, decidimos llamar a un taxi para que me llevara. Mientras Pedro se quedaba con las bicis esperando allí. Cuando volví a recogerle, ya con mi coche, tenía todas las bicis desmontadas para cargarlas y estaba durmiendo en el suelo de la gasolinera tapado con su saco. Había pasado más de una hora hasta que volví a por él.
Eran casi las tres de la mañana cuando emprendimos nuestra vuelta a Madrid, sin dormir y agotados porque había sido un día de lo mas ajetreado.
Pedro condujo prácticamente todo el viaje. Recuerdo que parecía un ciborg; ni siquiera parpadeaba. Yo no podía ni mantener el peso de mi propia cabeza.
Llegamos un cuarto de hora antes de entrar a trabajar. Lo habíamos conseguido. Nunca antes había estado en una situación tan desesperada y me acordé de la sensación de derrota que tuve el segundo día en Benicasim. Quien nos iba a decir lo que nos esperaba.
Aun así esa misma semana me pasé por la tienda de Pedro y empezamos a planear nuestro siguiente puente...
Oscar Mendoza


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