Hoy la aventura comienza de una forma única. Tras evitar un bar dominguero, de esos donde sólo sorben de los vasos hombres que lo dan todo por perdido en la vida, y en el que hay un hombre más momificado que vivo, en la puerta, junto a un cenicero lleno de penas y a una copa de algún destilado, optamos por dejar el café para otro momento. Paco y yo pensamos aparcar junto a la casa de Marco y ponernos en marcha sin manchar nuestros estómagos con un poco de amargo oscuro. Aunque la providencia y la amabilidad de nuestro cicerone se combinan de forma fortuita y nos vemos los tres sentados a la mesa, en la cocina de un hogar a primeras horas del día, donde el silencio llena la pieza y las luces de la mañana ya lo han manchado todo. Un ligero silbidillo hace que los tres giremos la cabeza y de manera automática miremos como sale un hilillo de vapor de la cafetera.
Acabado el mejor momento del día, suenan los pedales al sentir dentro las calas de nuestras botas. Subiendo algunas calles salimos de Abanilla y nos ponemos sobre el río a la altura de la pedanía de Mahoya.
Marco con su rueda trasera nos va marcando la trazada, no es sencillo circular sin poner los pies en el suelo porque vamos superando muchos obstáculos naturales, como bloques de piedra, escalones con charcos llenos de areniscas que hacen que derrapen nuestros tacos. Hemos de pedalear con una cadencia muy rápida, con los platos pequeños ahogados de cadenas, hay que obtener tracción en lugares muy puntuales y repentinos. Gracias al trazado del guía evitamos resbalar y vadeamos el cauce por los puntos más divertidos. No me esperaba un escenario tan bonito, las palmeras nos vigilan desde los flancos del lecho fluvial, también olivos de viejas leñas, tarays salpimentados por todas partes y todo tipo de juncos, cañas, zarzas y arbustos propios de zonas cálidas con aguas salobres. Qué divertido sentir el frescor del agua cuando sube de las ruedas y te moja entero, cuando los zapatos se empapan y se convierten en auténtico calzado de ciclismo de montaña, lleno de barro, de agua y después de polvo de mil caminos.
Sorteando el primer azud, nos damos cuenta de las dimensiones históricas del recorrido. Somos avisados de que vamos a visitar molinos en ruinas, otros en mejor estado, otros azudes, también acequias y lavaderos que antaño eran punto obligado por las mujeres de las pedanías, arenas fosilizadas, cañones que los agentes erosivos han transformado en obras de arte geológicas en los que sus diferentes estratos cuentan su historia y lucen orgullosos vestigios de su paso por los fondos marinos, al tiempo que veremos con suerte algunos individuos de la comunidad de fartets que nadan libremente por estas aguas. Entre pedalada y pedalada, escuchamos que el acuífero que derrama sus aguas por esta comarca ha pasado por épocas duras, en las que la mano del hombre ha hecho mucho daño, pero hoy gracias a la cordura el ecosistema está completamente repuesto y a mi juicio precioso.
Los kilómetros apenas pasan, pero el tiempo corre que se las pela, el recorrido es exigente, muy exigente. Me es imposible recordar todos y cada uno de los rincones que cariñosamente va nombrando el abanderado de la comitiva, Paco y yo escuchamos atentamente y no podemos dejar de esbozar una extraña mueca que creo que es una mezcla entre asombro, cansancio y fascinación. Es un cóctel perfecto: ruta de ciclismo exigente con el añadido de unas gratas y excelsas explicaciones que van dando valor a cada metro de tierra que pisamos y contemplamos.
Mi disfrute está en su límite más alto, este tipo de recorrido es mi favorito, siento que estoy en un escenario único, en el corazón de un tesoro viviente, no puedo dejar de mirar a mi alrededor.
Algunos trechos los hacemos andando, está prohibido rodar por el mismo cauce del río en algunos de sus tramos, pues la consideración de parque natural nos lo impide. Optamos por caminar entre los pequeños bosques de ribera, viendo como las aguas están plagadas de negros moluscos de apenas varios milímetros de longitud, a los que Marco llama “pulgas de agua”. Hacemos un alto para ver una contraparada de la era correspondiente a la dominación musulmana, con el fin de transformar en un remanso el afilado flujo de agua que ha escavado con el paso de los siglos un cañón alucinante por el que vamos a continuar dando fusta a nuestras bicis.
El ascenso del cañón es vertiginoso y trepidante, puedo poner a prueba mi nueva montura calzada con ruedas de veintinueve pulgadas. El resultado es una tromba de adrenalina, voy persiguiendo las estelas de Paco y Marco, no dejamos piedra por pisar, ni charco por salpicar.
Acabado el escenario acuático nos adentramos en un camino lleno de cuestas rotas y retorcidas que nos exigen el 101% de nuestras piernas y puede que casi el cien por cien de nuestras capacidades cardio pulmonares. Yo me veo con una pequeña carga añadida, no sé que le ocurre al desviador de platos de mi bici, no funciona y tengo que rodar siempre con los treinta y ocho dientes de mi plato grande. Estas cuestas suben y después bajan sin dejarnos descansar pues su pendiente es dura y el firme está suelto y plagado de piedras que nos pueden tirar al suelo al más mínimo descuido. Los frenos no están contentos, no reciben el frescor de las aguas, sólo el castigo de las pastillas sobre los ardientes discos. Dejando el Zulum a nuestra diestra nos paramos a tomar un poco de fruta y a contemplar el delicado y majestuoso vuelo de una gran ave rapaz de color negro, creo que es un águila pero desconozco que especie puede ser. Las últimas elevaciones de la sierra de Crevillente nos miran con descaro. Estos parajes son muy parecidos a los que he recorrido por el Cantal de Villajoyosa.
Siguiendo parte del trazado de la marcha de Barinas, hacemos algunas bajadas increíbles, en las que las curvas son auténticas trampas, llenas de arena suelta que nos puede hacer salir volando al más mínimo descuido.
Poco a poco el sol va llegando al medio día y los ánimos van sufriendo el látigo del cansancio, no son pocos los repechos que hacen que nuestras pulsaciones sobrepasen los límites de lo correcto y el metal de nuestros piñones más grandes se caliente en busca de la incandescencia. Las piernas me piden más y más, llevan muchos meses de inactividad y quieren recuperarlo todo de golpe, no dejo de apretar los puños y los riñones buscando la mejor trazada en cada subida.
En Macisvendas cambia nuestro itinerario de forma radical, es la hora de las anchas pistas, tanto de subida como de bajada. Las piernas agradecen esos minutos de rápido descenso en el que se quedan inmóviles a medio eje gozando el viento que las acaricia con sus frescor.
Vamos camino del Zurcam, donde nos vamos a encontrar unos de los tres palmerales salvajes más grandes de Europa. Rodando, rodando, Marco nos marca un lugar en el que hay orgulloso y abierto de brazos un olivo milenario con un brillo y un verde en sus hojas impresionante, está en mitad de una parcela bien labrada, es una estampa de lo más bucólica.
La mañana se acaba, los tres estamos cansados y el astro rey nos está haciendo mella, llevamos demasiados rayos de sol en nuestros cueros, por última vez escuchamos eso de que queda poco para llegar.
Después de una mañana de bifurcaciones en las que nunca hemos tomado a la derecha ni a la izquierda sino que hemos tomado recto, recto, llegamos al punto de partida.
Sudorosos y llenos de salitre, somos el objetivo una afable madre en un hogar cálido, sobre el hule hay unas frescas bebidas y un variado desfile de platitos con aperitivos, que sin perdón vamos vaciando.
Quiero agradecer a Paco Gonzálvez su simpatía ilimitada, su agradable conversación en todo momento, su capacidad de soportar mi bromita del freno delantero, su compañía en las subidas. A Marco le debo una mañana irrepetible, en la que se ha esforzado de manera hercúlea para mostrarnos y narrarnos lo bonito de su entorno y hacernos sentir la magnitud del tesoro natural del Chícamo y su vega. Gracias a ambos, muchas gracias, hasta la próxima.
Acabado el mejor momento del día, suenan los pedales al sentir dentro las calas de nuestras botas. Subiendo algunas calles salimos de Abanilla y nos ponemos sobre el río a la altura de la pedanía de Mahoya.
Marco con su rueda trasera nos va marcando la trazada, no es sencillo circular sin poner los pies en el suelo porque vamos superando muchos obstáculos naturales, como bloques de piedra, escalones con charcos llenos de areniscas que hacen que derrapen nuestros tacos. Hemos de pedalear con una cadencia muy rápida, con los platos pequeños ahogados de cadenas, hay que obtener tracción en lugares muy puntuales y repentinos. Gracias al trazado del guía evitamos resbalar y vadeamos el cauce por los puntos más divertidos. No me esperaba un escenario tan bonito, las palmeras nos vigilan desde los flancos del lecho fluvial, también olivos de viejas leñas, tarays salpimentados por todas partes y todo tipo de juncos, cañas, zarzas y arbustos propios de zonas cálidas con aguas salobres. Qué divertido sentir el frescor del agua cuando sube de las ruedas y te moja entero, cuando los zapatos se empapan y se convierten en auténtico calzado de ciclismo de montaña, lleno de barro, de agua y después de polvo de mil caminos.
Sorteando el primer azud, nos damos cuenta de las dimensiones históricas del recorrido. Somos avisados de que vamos a visitar molinos en ruinas, otros en mejor estado, otros azudes, también acequias y lavaderos que antaño eran punto obligado por las mujeres de las pedanías, arenas fosilizadas, cañones que los agentes erosivos han transformado en obras de arte geológicas en los que sus diferentes estratos cuentan su historia y lucen orgullosos vestigios de su paso por los fondos marinos, al tiempo que veremos con suerte algunos individuos de la comunidad de fartets que nadan libremente por estas aguas. Entre pedalada y pedalada, escuchamos que el acuífero que derrama sus aguas por esta comarca ha pasado por épocas duras, en las que la mano del hombre ha hecho mucho daño, pero hoy gracias a la cordura el ecosistema está completamente repuesto y a mi juicio precioso.
Los kilómetros apenas pasan, pero el tiempo corre que se las pela, el recorrido es exigente, muy exigente. Me es imposible recordar todos y cada uno de los rincones que cariñosamente va nombrando el abanderado de la comitiva, Paco y yo escuchamos atentamente y no podemos dejar de esbozar una extraña mueca que creo que es una mezcla entre asombro, cansancio y fascinación. Es un cóctel perfecto: ruta de ciclismo exigente con el añadido de unas gratas y excelsas explicaciones que van dando valor a cada metro de tierra que pisamos y contemplamos.
Mi disfrute está en su límite más alto, este tipo de recorrido es mi favorito, siento que estoy en un escenario único, en el corazón de un tesoro viviente, no puedo dejar de mirar a mi alrededor.
Algunos trechos los hacemos andando, está prohibido rodar por el mismo cauce del río en algunos de sus tramos, pues la consideración de parque natural nos lo impide. Optamos por caminar entre los pequeños bosques de ribera, viendo como las aguas están plagadas de negros moluscos de apenas varios milímetros de longitud, a los que Marco llama “pulgas de agua”. Hacemos un alto para ver una contraparada de la era correspondiente a la dominación musulmana, con el fin de transformar en un remanso el afilado flujo de agua que ha escavado con el paso de los siglos un cañón alucinante por el que vamos a continuar dando fusta a nuestras bicis.
El ascenso del cañón es vertiginoso y trepidante, puedo poner a prueba mi nueva montura calzada con ruedas de veintinueve pulgadas. El resultado es una tromba de adrenalina, voy persiguiendo las estelas de Paco y Marco, no dejamos piedra por pisar, ni charco por salpicar.
Acabado el escenario acuático nos adentramos en un camino lleno de cuestas rotas y retorcidas que nos exigen el 101% de nuestras piernas y puede que casi el cien por cien de nuestras capacidades cardio pulmonares. Yo me veo con una pequeña carga añadida, no sé que le ocurre al desviador de platos de mi bici, no funciona y tengo que rodar siempre con los treinta y ocho dientes de mi plato grande. Estas cuestas suben y después bajan sin dejarnos descansar pues su pendiente es dura y el firme está suelto y plagado de piedras que nos pueden tirar al suelo al más mínimo descuido. Los frenos no están contentos, no reciben el frescor de las aguas, sólo el castigo de las pastillas sobre los ardientes discos. Dejando el Zulum a nuestra diestra nos paramos a tomar un poco de fruta y a contemplar el delicado y majestuoso vuelo de una gran ave rapaz de color negro, creo que es un águila pero desconozco que especie puede ser. Las últimas elevaciones de la sierra de Crevillente nos miran con descaro. Estos parajes son muy parecidos a los que he recorrido por el Cantal de Villajoyosa.
Siguiendo parte del trazado de la marcha de Barinas, hacemos algunas bajadas increíbles, en las que las curvas son auténticas trampas, llenas de arena suelta que nos puede hacer salir volando al más mínimo descuido.
Poco a poco el sol va llegando al medio día y los ánimos van sufriendo el látigo del cansancio, no son pocos los repechos que hacen que nuestras pulsaciones sobrepasen los límites de lo correcto y el metal de nuestros piñones más grandes se caliente en busca de la incandescencia. Las piernas me piden más y más, llevan muchos meses de inactividad y quieren recuperarlo todo de golpe, no dejo de apretar los puños y los riñones buscando la mejor trazada en cada subida.
En Macisvendas cambia nuestro itinerario de forma radical, es la hora de las anchas pistas, tanto de subida como de bajada. Las piernas agradecen esos minutos de rápido descenso en el que se quedan inmóviles a medio eje gozando el viento que las acaricia con sus frescor.
Vamos camino del Zurcam, donde nos vamos a encontrar unos de los tres palmerales salvajes más grandes de Europa. Rodando, rodando, Marco nos marca un lugar en el que hay orgulloso y abierto de brazos un olivo milenario con un brillo y un verde en sus hojas impresionante, está en mitad de una parcela bien labrada, es una estampa de lo más bucólica.
La mañana se acaba, los tres estamos cansados y el astro rey nos está haciendo mella, llevamos demasiados rayos de sol en nuestros cueros, por última vez escuchamos eso de que queda poco para llegar.
Después de una mañana de bifurcaciones en las que nunca hemos tomado a la derecha ni a la izquierda sino que hemos tomado recto, recto, llegamos al punto de partida.
Sudorosos y llenos de salitre, somos el objetivo una afable madre en un hogar cálido, sobre el hule hay unas frescas bebidas y un variado desfile de platitos con aperitivos, que sin perdón vamos vaciando.
Quiero agradecer a Paco Gonzálvez su simpatía ilimitada, su agradable conversación en todo momento, su capacidad de soportar mi bromita del freno delantero, su compañía en las subidas. A Marco le debo una mañana irrepetible, en la que se ha esforzado de manera hercúlea para mostrarnos y narrarnos lo bonito de su entorno y hacernos sentir la magnitud del tesoro natural del Chícamo y su vega. Gracias a ambos, muchas gracias, hasta la próxima.










No hay comentarios:
Publicar un comentario