Al torcer la esquina de mi calle me encontré con Dani, amigo, vecino y compañero de sudores. Tenía su coche con la cabrica en el techo y con su rectilínea perilla atusada, me apretó firmemente la mano. Dejamos las pamplinas a un lado y nos marchamos a buscar a Rubén y a Pedro, éste último, compañero de trabajo de Pela69. Establecimos como punto de encuentro, el lugar donde el rebaño murciano lleva años reuniéndose para tirar sus cabriolas por el Valle, la puerta del hospital Mesa del Castillo.















Las caras mostraban el cansancio de la jornada pero no había nadie triste ni melancólico, al contrario, todos llevaban puesta una sonrisa con tintes de alivio, había terminado un duro día de travesía. Nuevamente se abrieron maleteros y puertas y sembramos la zona de mochilas, bolsas de deporte y toallas que enjugaban el sudor y el polvo de muchos caminos. A estas alturas del día nadie se fijaba ya en las indumentarias ajenas, ni siquiera en la de nuestros machotes de más allá del Puerto de la Cadena que no dejaba de ser única y llamativa.



Sentado en la acera, con sus mochilas a un lado y la bici apoyada en el bordillo, encontré a Rubén. Sentí que súbitamente las comisuras de mis labios esbozaban una sonrisa y se me llenaba el pecho de algo grande que hacía que se me quedara pequeño. Mi ahijado le había puesto una preciosa bandera de España a la tija de su Giant. Que buen comienzo, mejor imposible.
Una vez pasado el túnel, primera salida dirección Lorca y en la rotonda con una fuente a la derecha. Al abrir la puerta del hotel noté un tufo caprino que me recordó aventuras pasadas por la sierra de Cazorla. De repente no supe a quien darle la mano primero, noté como muchos ojos se clavaban en los míos y me nombraban al mismo tiempo, tomé la decisión de empezar a saludar por el extremo izquierdo del grupo y acabar por la derecha. A cada apretón de manos, a cada abrazo, había un jocoso comentario, alguna collejilla, alguna picardía, pero sobre todo había un sinfín de recuerdos entrañables que empujaban con fuerza a esta nueva aventura. Se habían hecho muchas presentaciones cuando llegué al desayuno y como si fuera un padre que reúne a todo su clan bajo el mismo techo en un día de navidad, respiré hondo y sentí mucha tranquilidad, estaban todos mis chotillos queridos, alegres y saltarines. La barra del bar se veía sembrada de miguillas de pan, manchurrones de aceite de oliva, sobres de azucarillos en mil posturas y muchas manos arrugando servilletas de papel, el rebaño estaba saciado y con fuerzas para ir en busca de nuevos pastos.
La primera prueba difícil de superar fue seguir el diabólico ritmo de Jesusito Rueda, que pensó que su león rampante en el capó era el caballito de Ferrari, pero no, era el de una marca francesa que me trae muy malos recuerdos.
Llegados al punto de partida comenzó una liturgia propia, que todos y cada uno de nosotros realizaba de la más singular y pintoresca manera. Unos empezaron sacando las bicicletas y otros despojándose de sus ropas seglares, excepto los niños mimados de Torre Pacheco que venían perfectamente uniformados, impecables, insuperables, ni una arruga, todas la prendas con olor a nuevo y con una parafernalia única, doblaron y colocaron sus ropajes como en las mejores tiendas de ropa de una gran ciudad, ciñéndose sus uniformes de combate que eran objeto de comentarios y elogios por parte de la mesnada. Daba miedo ver ese homogéneo grupo de ciclistas ansiosos por arar todo aquello que estuviera a su paso. Los demás regalamos a los paseantes y comerciantes de la zona un desfile único en modelos y colores, en tipos de prendas y maneras de poner a punto nuestras monturas. Alguno pensó que haríamos espeleo-ciclismo y acopló a su bici focos halógenos capaces de iluminar la cara oculta de la luna.
El viento no dejó escuchar el pistoletazo de salida pero los bujes comenzaron a girar al unísono, los pedales se desperezaban lenta y delicadamente después de tantas horas en los coches, las cadenas regaban con su aceite los duros piñones, las manetas de los cambios amenizaban el paseo marítimo como unas castañuelas en la zarzuela de la Verbena, los tacos de las ruedas comenzaban a teñirse de Almería y las primeras gotas de salitre maquillaron nuestros semblantes. Sonrientes elegimos el contraluz para la foto inicial.
La ruta de Cabo de Gata, tan anunciada en foros y webs, acababa de empezar. Pero dentro de mí acababa de ser bautizada la jornada como la ruta de Cabo de Cabra.
Al principio el ritmo era algo preocupante, sólo corrían las manecillas del reloj, los kilómetros se hacían eternos y a ese ritmo nunca jamás podríamos acabar nuestro proyecto. Cierto es que las cuestas del principio fueron muy agresivas y perdimos mucho tiempo fotografiando al personal con rubores carmesí en las mejillas y buscando postales con San José al fondo. A trancas y barrancas llegamos hasta Isleta de Lobos donde los más aguerridos se zamparon un bocata con su cerveza reglamentaria y otros decidimos subir al mirador para calentar los gemelos y aprovechar las vistas para recrearnos un rato y disfrutar de la inmensidad del paisaje. Nuevamente como si fuésemos un grupo de turistas japoneses nos dejamos arrastrar por el frenesí y posamos de mil maneras ante los objetivos olvidando el verdadero objetivo de nuestra empresa, que no era otro que el de pasar un día rodando por el maravilloso entorno del Cabo de Cabra, perdón… de Gata.
Clandestinamente se organizó un pequeño concilio, donde los cuernos más negros de los rebaños emplazados, debatieron sobre el ritmo de la procesión, llegando al veredicto de imprimir más carácter a la parte deportiva y excomulgar los momentos turísticos porque la situación comenzaba a ser preocupante.
Rodalquilar no tuvo tiempo de vernos, éramos un colorido cardumen de ciclistas que volaba sobre el asfalto y que se dirigía al mirador de la Polacra en lo alto del faro de Lobos. Nos dividimos en dos pelotones, el más conservador optó por no despegarse del alquitranado y el más juvenil y alocado, soltó horquillas y subió por una breve pero divertida senda hasta llegar a un punto en el que unos zagalones me dejaron con la boca semiabierta, bajaron unos trocitos de monte con tal facilidad y destreza que me sentí con ganas de irme a mi casa corriendo para dedicarme a hacer ganchillo y encerrar mi bici de montaña en lo más profundo de garaje. ¡Vaya pandilla!.
Ganchillo… tuve tiempo de hacer en lo alto del faro de Lobos, esperando a esos zagalones tan endureros que no subían ni en ascensor, los pobrecitos sólo saben ir en una dirección, cuesta abajo. Cuando se me había secado la última gota de sudor, vi como todavía estaban llegando algunos rezagados. Mis sensaciones subiendo aquella interminable carretera fueron muy alentadoras, comprobé que mis fuerzas estaban muy bien aleccionadas y hacían que subir esas pendientes no pasara de ser un mero entretenimiento, en el que pude disfrutar del paisaje, aunque por segunda vez y ya convirtiéndose en una fea costumbre, una bala de color azul me dejó casi parado al adelantarme de forma tan agresiva. Otra bala de color rojo que suele verse en los días de frío por el Laberinto del Fauno, era mi guía y referencia inalcanzable. Las vistas desde el mirador eran embriagadoras, podría pasarme la mañana entera viendo como cambiaban de forma las nubes, como rompían las olas en los acantilados, jugando a perseguir el vuelo de las gaviotas, ver como el sol seguía su camino sin esperar a nadie y escuchar la melodía del viento que rolaba frenéticamente y sin aviso. En ese estado de conciencia semi alterada compartí algunos de mis higos y albaricoques, ajusticié un sabroso sandwich y volvimos a posar para recordar nuestro paso por esas latitudes.
En el descenso del faro hubo una nueva escisión, los que no sabemos bajar más que por los caminos, que seguimos la carretera hasta el final y los ciclistas que saben como se doman las pendientes y se adiestran las trialeras, que optaron por tomar una senda que había a mitad de la bajada y así pudieron poner a prueba sus muecas, su habilidad y su equilibrio. Bajo la sombra de unas hileras de acebuches y algarrobos continuamos nuestra marcha hacia la playa de Las Negras, rodeados de un paisaje preñado de verde esparto aterciopelado, que cubría todo el terreno ondulado del paraje, salpimentado por preciosas florecillas amarillas, atestado de paleras recién plantadas, y engalanado con muros de piedra, muy sobrios, que antaño sujetarían buenas tierras de labor y un innumerable catálogo de formaciones rocosas que invitaban a dar rienda suelta a la imaginación.
A la par que íbamos charlando unos con otros, disfrutamos mucho del paso por aquellos escenarios y hubo momentos en los que el vuelo de algún que otro cernícalo me dejó hipnotizado al ver como aprovechan las corrientes aéreas y maravillado de ver la cantidad de pajarillos de todos los colores que revoloteaban en busca de insectos y semillas. Al dejar atrás una caleta conocimos a lo lejos al dueño de unos cactus que empalizaban un viejo camino que por error pisoteamos, sin ver que era propiedad privada la senda que estábamos siguiendo y que para salir de ella tuvimos que arremangar una vieja y herrumbrosa valla sujeta por añejas estacas de madera que el sol había castigado duramente. Este tramo nos alternaba subidas y bajadas técnicas de poca monta y momentos de trekking. Como si fuésemos mecánicos de fórmula uno, Juan Manuel, Toni y yo, arreglamos un pinchazo del primero en menos de lo que dura una canción.
El olor en la playa de Las Negras era único, olía a mediterráneo. El viento llevaba el aroma de la arena húmeda de un lado para otro, tiraba a pie de mar la fragancia de las florecillas que se amontonaban en los márgenes de la rambla, nos arrojaba a la cara el efímero perfume de las rocas humedecidas, también arrastraba recuerdos de algunos de mis compañeros e incrustaba en nuestras pituitarias la impronta de un lugar que la naturaleza había tenido a bien poner allí para que todos pudiésemos sentirnos parte de su gracia.
Aquella rambla que desembocaba en tan idílico rincón me permitió ir junto a mi tocayo parloteando sobre viajes pasados y venideros. Nos tuvimos que ver las caras con la arenisca del lecho fluvial, era como un cepo que si nos desmontaba se sentía ganador de la batalla, pero nuestras voluntades y nuestras piernas nos permitieron ir cosiendo de un lado a otro el rambledo y durante unos buenos minutos ir zigzagueando dejando claro quien tenia el control de la situación. Pensé que éramos la cola de aquel dragón chino que había nacido en San José esa mañana, pero nos dimos cuenta de que nos perseguía muy de cerca y en silencio un jinete al que conocen por tierras lorquinas como, olivetti.
Se acabaron las tonterías y ahora tocaba subir el alto de la Hortichuela. Todos agrupados y en silencio comenzamos a pedalear de la mejor manera e intentando optimizar al máximo cada una de nuestras pedaladas. En cuestión de varios minutos parecíamos un miriápodo gigantesco trepando el tronco de un árbol. Infinidad de piernas subían y bajaban sin dar tregua ni descanso al desnivel, todos afectados por la fuerza del viento que nos sujetaba firmemente como si no quisiera que llegásemos a la cima y poder descubrir el camino que llevaba al Cortijo del Fraile. Una vez arriba, algunos estiraron sus músculos y otros desempolvaron sus cámaras fotográficas. Recuperamos el aliento, que se nos había perdido en alguna curva y seguimos avanzando.
Las fuerzas quedaron muy mermadas en este punto del trayecto, pero el mar de plástico que conformaban los invernaderos nos vendió una leve pendiente en la que las piernas y los ánimos pudieron volver a estar al ciento por ciento. En esta rehabilitación rodé a la vera de Toni y de Javier, a quienes tenía algo abandonados. Nuestros temas de conversación fueron los propios, hablamos de miles de rutas pendientes, de lo maravilloso que estaba resultado el día en compañía de tantos amigos nuevos y los ingenioso del trazado que iba combinando todo tipo de vías y de paisajes. Rodamos casi sin darnos cuenta hasta llegar al cortijo ermitado que tanta tinta obligó a D. Federico García Lorca a derramar sobre blancos lechos de papel en su obra Bodas de Sangre.
El lugar estaba en un verdadero estado de abandono y ruina, las cajas de plástico a su alrededor insultaban la memoria de sus moradores y afeaban el recuerdo de cualquiera que se parase a contemplar la cortijada. Desconchadas sus paredes, expoliadas sus estancias, profanadas y ultrajadas con viles garabatos las pinturas de sus muros, no hacían honor a su grandeza. Lugar en el que se culminaron posiblemente sacramentos para toda la vida, altar que posiblemente diera nombre bautismal a muchos de los lugareños, donde los domingos de cada semana la hermandad y la vecindad se derrochaban sin límites. No merecía ese final la Ermita del Fraile. A modo de homenaje me adentré con respeto hasta su altar y me fotografié al tiempo que elevaba unos pensamientos. Cuando salí de allí tuve que apretar mi ritmo porque la caballería ya iba levantando una nube de polvo en el horizonte y Papero y yo no queríamos quedarnos solos en aquellos muros que posiblemente estuviesen comunicados con el más allá.
Que buen lugar, Albaricoques, un puñado de casas encaladas con dos bares, uno abierto y el otro cerrado. Rellenamos la terraza del local con bicis de todas la marcas y colores y nos abalanzamos sobre la barra para pedir cervezas y demás acompañamientos. Unos se comieron tres hamburguesas, otros optaron por comprar bebida y sacaron sus bocadillos de las mochilas, los más raritos sacamos higos turcos, albaricoques deshidratados, turrón alicantino y cosas por el estilo. Cuando ya parecía que la viandas iban desapareciendo, mi vecino de mesa, “rutas”, estaba paladeando un platito de paella y no pude evitar decirle que yo también quería, que la envidia me estaba correteando por dentro. Al instante, tuve paella y tenedor. Aquella paella era sin lugar a dudas la peor que he probado en mi vida, pero…. ¡que bien me sentó!, tenía hasta granos de pimienta negra y unas gambillas que parecían mutantes, los granos de arroz tenían el corazón de granito, ¡que duros! casi me dejo un empaste en la degustación. También quiero dejar patente que hubo algún que otro pillo que se bebió un copazo de algo que seguro hubiera servido como combustible para avionetas. Cuando el cornetín de órdenes tocó “a formación” nos levantamos y nos volvimos a sentar, pero esta vez sobre las cabritillas.
El tramo que teníamos que completar era una extensísima rambla que bajaríamos de forma alocada y desenfrenada, alcanzando en algunos tramos treinta kilómetros a la hora de velocidad. Había que tener mucho cuidado puesto que el más mínimo descuido podía suponer un rebozado de grava, pero al mismo tiempo no se podía dejar de admirar la complejidad del corredor que estábamos bajando. Había piedras dolménicas salpicando el trazado, matorrales de leñosos troncos a modo de trampas en cada curva, las paredes del circuito eran una amalgama de estratos. Llegamos a un punto de adaptación tal que más que ciclismo de montaña parecía que estábamos practicando ski-bike, las ruedas traseras derrapaban a la par que las delanteras, los trazados de las curvas eran parábolas diabólicas que no tenían ningún sentido, gobernar los manillares era una proeza que requería mucha fuerza conforme iban pasando los hectómetros, pero todo eso hizo divertidísimo ese tramo. Al tocar nuevamente el asfalto, escuché la bella melodía “The Trooper” que salía de mi teléfono. Rubén me llamaba para decirme que habíamos pasado de largo una bifurcación y nos habíamos desviado del itinerario pero subir aquello era una tarea que nuestras piernas se negaron a hacer, así que optamos por establecer un punto de encuentro y así lo hicimos.
Antes de aunar el rebaño con todos los que éramos pero no con todos los que fuimos, rodamos por asfalto, donde algunos nos medimos las fuerzas con el viento quien ni siquiera nos dejó bajar con tranquilidad, había que seguir apretando piernas hasta con desniveles negativos.
Llegados a los columpios nos volvimos a convertir en un todo indivisible y por un bello camino sembrado de piteras, eucaliptos y todo tipo de vegetación desértica fuimos corriendo hasta el punto de origen del que hacía muchas horas habíamos partido. Los cuerpos ya tenían ganas de despojarse de aquellas ropas tan ceñidas y pasar por una buena ducha caliente. Que agradable volver a ver la pintura plateada de mi furgoneta, se me aflojaron todos y cada uno de los músculos de mi cansado cuerpo y mi cabeza no era capaz de pensar en otra cosa que en la cena que nos íbamos a meter entre pecho y espalda.
Las caras mostraban el cansancio de la jornada pero no había nadie triste ni melancólico, al contrario, todos llevaban puesta una sonrisa con tintes de alivio, había terminado un duro día de travesía. Nuevamente se abrieron maleteros y puertas y sembramos la zona de mochilas, bolsas de deporte y toallas que enjugaban el sudor y el polvo de muchos caminos. A estas alturas del día nadie se fijaba ya en las indumentarias ajenas, ni siquiera en la de nuestros machotes de más allá del Puerto de la Cadena que no dejaba de ser única y llamativa.
Entre abrazos y bromas nos fuimos despidiendo de los que no se iban a quedar a pasar la noche del sábado en el camping. Vimos como se marchaban coches llenos de músculos cansados, bicicletas polvorientas y mochilas vacías. Había que seguir adelante y no mirar atrás, pusimos rumbo al camping y comenzamos una nueva epopeya. Unos caravaneros de ojos azules, como los antiguos tuaregs de los desiertos norteafricanos, recogieron a su lider y muy “apegados” a él se retiraron a su autocaravana para acicalarse y tomar un bocado que proporcionara la fuerzas justas para pasar la noche.
Saboreando el regustillo de un Jack Daniel’s en unos cubitos de hielo nos enteramos de muchos detalles del incendio que estaba asolando el Puig Campana, pico que da sombra y protección a nuestros amigos de Villajoyosa, fue la nota triste de la velada. Pasamos del fuego a mil y un tema y después de la tercera ronda nos colocamos en fila de uno tras el cuchillo de Aluking, quien con una destreza inigualable daba sablazos a una pata porcina muy sabrosa. Fueron momentos difíciles, porque hubo invasión de croquetas caseras, rica tortilla de patatas, sangre de Cristo, uvas nibelungas y a modo de postre empanada de cebolla que sabía a gloria con cebolla. Pasamos un mal trago, tal vez el más difícil de todo el día, nos vimos obligados a vaciar tantas botellas y tantos platos que seguramente el domingo por la mañana las existencias de antiácidos se verían mermadas seriamente.
Nuestro lugar de descanso era acogedor, estaba todo muy limpio, muy a la mano y las camas sorprendentemente nos dejaron descansar como piedras en el fondo del río. El agua caliente no faltó en ningún momento y podíamos dejar los coches junto al porche de la entrada. Que más se podía pedir por tan ínfima cantidad de dinero, mejor imposible. Todo eso se lo debemos a Jesús que fue quien se encargó de todos estos temas y algunos más, desde aquí aprovecho para darle las gracias por lo mucho que se ha preocupado por que todo fuese de nuestro agrado y comodidad. Gracias Amorfo.
El domingo hubo reunión de cónclaves al sabor de unas tostadas con tomate y cafés con leche para todos. Coincidimos en que la ruta del domingo la dejaríamos para el año dos mil diez porque en este dos mil nueve soplaba el viento con mucha fuerza y las cabezas de algunos estaban algo desamuebladas por culpa de unos destilados nocturnos. Tras pagar nuestro alojamiento en el saloncito recibidor del camping se procedió a la entrega de trofeos y tras los multitudinarios aplausos montamos en nuestros coches tras advertir a Fitipaldi que se moderase en la conducción y gastamos combustible hasta llegar a Lorca donde una nueva prueba culinaria puso a prueba nuestros jugos gástricos. Allí acabó todo. El último pincho de tomate, el último sorbo de cerveza, el último café, el último apretón de manos, el último saludo a modo de despedida pero no el último encuentro de unos amigos que con la excusa de hacer ciclismo de montaña pueden reunirse y seguir conociéndose cada día más y más.
Siento que me quedo corto al agradecer a todos los integrantes del club TTB Cabezo Gordo de Torre Pacheco, a Los Maestros de Lorca, a Toni de www.rutometro.com , a Javier (Conill) de Altea y como no… a los inseparables e irrepetibles cabritos de mi rebaño del www.rutasmtbmurcia.com; su participación y su colaboración en esta aventura que seguro tardará tiempo en borrarse de sus recuerdos. A todos, GRACIAS y me alegro mucho de poder contar con todos vosotros cada vez os reclamo, siento que tengo muchos compañeros y amigos con los que poder seguir disfrutando de mi deporte favorito.


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