Me muero de hambre !!!. Solemos usar esta expresión de forma liviana pero ¿Qué hay de real en esta expresión?
Por ejemplo, un adulto saludable privado de alimento, moriría en poco más de un mes. No obstante, antes de eso, la persona como tiene las defensas tan bajas, sucumbe a enfermedades que pueden llegar a ser mortales. Este no es un caso generalizado en el entorno en que vivimos y dedicamos la expresión a un mero cartel informativo de nuestro estado físico.
Dado que el cuerpo almacena energía sólo por un día, si por más de ese tiempo, se priva al cuerpo de los nutrientes apropiados, este empieza a extraer energía mediante la oxidación de la grasa. Como consecuencia, el cuerpo desintegra la proteína de los músculos y de ese modo paulatino, nos llega un agotamiento que en muchos de los casos no pasa de una anécdota y tras la ingesta de alimentos, el tema no llega a mayores.
¿Y si no es así?
Los sentidos fallan. El cuerpo está luchando para sobrevivir sin energía, consecuentemente, puede ocurrir incluso una hipotermia. Por último, el cuerpo se da por vencido y la supuesta “muerte” nos llega, nos llega rápidamente y casi sin avisar.
La “muerte” es lenta y agónica. Verdaderamente, es algo que no nos debe enorgullecer por habernos excedido realizando más kilómetros de lo normal o a un ritmo e intensidad elevada, ya que hay medios para no llegar a esa muerte e incluso si nos llega podemos resucitar en el mejor de los casos.
Hoy no os voy a seducir con una de mis crónicas donde hay paisajes espectaculares ni me aproximare a competiciones, marchas o eventos similares.
Hoy simplemente os voy a contar como un día como otro cual quiera, sin quererlo ni beberlo puede ser diferente.
Como cualquier día, me dispongo a realizar un test a varios de los nuevos productos que inundan los catálogos del 2013, algunos de ellos ya están expuestos en las tiendas y otros ya los tenéis montados en vuestras mountain bikes, pero aquí, nos gusta tener nuestra propia opinión de ellos y creemos que la mejor manera de ver si un producto esta a la altura de lo que pagamos por el, es probarlo, machacarlo hasta ponerlo al limite para ver sus cualidades, bondades o carencias.
En esta ocasión, vamos a salir a rodar con nuestra habitual “COLUER twelve cross ride" y en ella vamos a testar una suspensión Rock Shox SID, un sillín Prologo, unos puños de espuma de la marca MSC, unos Tubeless Michelin y aprovechamos para calzarnos unas zapatillas Bontrager.
Como hay muchos productos que valorar, nos hemos levantado pronto, ya que la intención es tomarse todo el día para desclasificar cada elemento por diferentes terrenos y a diferentes ritmos, simulando de esta forma el uso de cada producto en diferentes perfiles de usuarios.
Empezamos a hacer kilómetros y decidimos coger una de las pistas que nos llevaran hacia Toledo. Llevamos 3 horas y aun que soy adicto a las suspensiones Fox, he de decir a favor que la SID que se acerca bastante a la suavidad de Fox y en contra, veo que siguen con el “relativo bloqueo” que sigue sin gustarme del todo. Esa oscilación no me sirve cuando me pongo de pie y aprieto los dientes en un repecho, necesito rigidez.
Las zapatillas son la máxima expresión de comodidad, su ligereza me encanta y en esta ocasión la expresión “más feliz que un niño con zapatos nuevos” va a la perfección.
El aire es insoportable, es la 1:35 y llevo más de 5 horas sufriéndolo en contra. A esto se une el lastre que me van pareciendo las cubiertas, son más gruesas que las que llevo habitualmente y los tacos se pegan al suelo en exceso, los tacos son demasiado prominentes y eso lo voy notando.
La temperatura no es alta, más bien he tenido frío en algunos momentos y eso ha hecho que no demandara hidratarme, solo llevo un bote de 500 ml y ya esta completamente vacío. Voy por la tercera y última barrita energética.
Apenas he mirado el cuentakilómetros en todo el día. 97 kilómetros , miro y vuelvo a mirar. Tengo que volver y 97 kilómetros me separan de mi destino. Creo que estoy a unos kilómetros de Madridejos. Doy media vuelta y a seguir dando pedales por que queda un tiron.
No llevo ni 30 minutos desde donde inicie el regreso y empiezo a tener una sensación extraña, la lengua de trapo, los brazos apenas se mantiene encima del manillar. Ya estaba aquí, ya había llegado y sin avisar. Era una pájara y no había venido por navidad, estaba aplastándome como otras veces lo ha hecho.
Ya nos conocemos y lo mejor seria convivir pacíficamente el tiempo que estuviéramos juntos. La velocidad se redujo considerablemente, me pare en repetidas ocasiones e incluso me llegue a tumbar al borde de un camino en una de esas paradas. Ya no tenia nada que ingerir y la situación no pintaba bien, la única solución, llegar a algún pueblo y allí reponer energía.
No recuerdo cual era la localidad que se veía a lo lejos. Estaba rodando por un camino en línea recta, llano y me parecía la subida al Angliru. A demás el aire era favorable y la velocidad media que llevaba era ridícula, 8 kilómetros por hora. Llegar se me hizo eterno, no llegue a entrar en el pueblo y veo la típica escena donde hay un banco de dos metros de longitud y en el, en un lateral y solo, un paisano recibiendo los rayos solares.
Me faltan segundos para hacerle compañía y tras un desganado saludo, cambio el sillín de mi bici por uno más grande. El lugareño, he de decir que muy anciano, inicia una conversación la cual me cuesta mantener. Me comenta que el había sido ciclista en su juventud y le explico en la situación que estoy. Apenas pasan unos segundos y pasa a la casa que había detrás del banco, escasos minutos después vuelve con un bote de Coca Cola y una caja de galletas María Fontaneda.
Realmente no tenía la sensación de hambre, era más la necesidad que el cuerpo me estaba demandando. Me estaba costando llevarme una de esas galletas a la boca y el estado era confuso, el hambre aumentaba, me estaba muriendo de hambre!!!
Estas galletas, son de esas que no están rellenas ni bañadas de ninguna crema o chocolate en cualquiera de sus variedades. Cuando vivía en casa de mis padres, recuerdo que siempre estaban en el armario de los dulces y sucedáneos, pero para mi eran las mas insípidas de todas las galletas que había visto hasta entonces y rara es la vez que me decante a elegirlas a la hora del desayuno o simple picoteo para matar el gusanillo.
La conversación empieza a ser mas fluida, y le tengo que dar mil gracias, no por las galletas ni por el bote de refresco, si no por el detalle.
Me quedan mas de 60 kilómetros y tengo que ponerme en marcha, si no la noche se me echara encima y eso si seria un problema. Me despido y le vuelvo a dar las gracias, y sin perder tiempo retomo la marcha.
Ya medianamente recuperado, evalúo la situación. El aire que he sufrido en contra todo el día me había hecho gastar mas energía de lo habitual y había consumido todas las reservas tanto corporales como las externas, a esto no le ayudo nada el beber solo medio litro en los mas de 100 kilómetros que llevaba.
Solo manteniendo un ritmo suave, el cual estuviera por debajo del 60% de mis pulsaciones máximas harían que el consumo de energía se mantuviera en un “bajo consumo”.
Así empecé, pero a este ritmo el cuerpo apenas genera calorías y el frío se estaba intensificando. Apenas me quedan 15 kilómetros y ya es de noche, no veo la hora de llegar, aun que no me encuentro como en muchas ocasiones, mas muerto que vivo. Miro el cuentakilómetros y se han grabado 192 kilómetros , 9 horas 43 minutos.
Ni el carbono de ultima generación utilizado en el cuadro, ni los frenos Avid Elixir, ni el cambio Shimano XTR, habían hecho nada por mi. Unas simples galletas volvieron a traerme a este mundo, una caja por menos de dos euros.
Sin quitarme el maillot y el culote, me siento a la mesa y empiezo comer. No pierdo ni un minuto, ya que quiero pegarme la merecida ducha lo antes posible, tengo que ir a hacer la compra para abastecer el frigorífico y no lo quiero dejar para mañana.
No os lo vais a creer, pero esas insípidas galletas que nunca me parecieron atractivas, estaban en la primera posición en mi lista de la compra y eso es lo que hice al llegar al supermercado, fue el primer producto que metí en la cesta y ahora mientras os estoy contando esta “insulsa” crónica, estoy saboreando unas deliciosas galletas María Fontaneda.
Pedro Baltasar
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