Esperando que llegarais a casa sanos y sin ningún percance y dando tiempo para recuperar y analizar lo que pasamos en Cabezón, creo que el mejor título para lo allí vivido es el referido más arriba.
Sin duda, la fiesta de la bicicleta adquiere su máxima expresión ese día de Mayo donde centenares de corredores de toda España confluimos en este rincón apartado atraídos por una fuerza misteriosa que durante semanas nos ha estado llamando interiormente y que ha guiado nuestros entrenamientos y modos de vida para llegar en las mejores condiciones físicas.
Luces, con diferencia para las gentes de estos lares cuya voluntariedad y apoyo no tiene palabras de agradecimiento.
Una gran mayoría de corredores participan para el disfrute y baño de multitudes que se dan a lo largo de todo el recorrido. Que satisfacción más enorme es cruzar la meta vitoreado por estas gentes y amigos. Otros, entre los que me incluyo preparamos a conciencia la prueba pues queremos hacerlo bien y aprender poco a poco de los errores.
Luces, son el esfuerzo y la logística preparada por aquellos cabezonences que lo dan todo para satisfacer a los corredores. El despliegue es monumental. No puedo enumerar los medios puestos a nuestro alcance. No puedo objetarles nada aunque lo intentara y sin duda si este año he terminado la prueba creo que se lo debo a todos los que me animaron a seguir pues de lo contrario me hubiera retirado.
Sombras veré en la organización si pretenden seguir aumentando año tras año el número de corredores, pues salvo soluciones como la colocación en distintos escalones (tipo Quebrantahuesos o Marmote o nuestra Avila-Villalba) los caminos tienen un ancho y una capacidad y no sirve de nada el despliegue de ambulancias y medios cuando el hilo para coser heridas y las pastillas y ungüentos se acaban por el número de accidentes que pueden llegar a producirse.
Ahorrando pormenores y después de una cena amigable, nos dispusimos a dormir, labor compleja y complicada cuando extrañando la cama, oyes ruidos no habituales y no encontrando ovejas suficientes para el recuento, te ves sentado en la mesa del desayuno con una sensación rara y cara desencajada.
Aproximación a la línea de salida y tirando de picaresca intentas remontar pero una valla infranqueable me coloca en mi sitio. Delante de mí me encuentro al pastor que con maillot rosa nos condujo en la Avila-Majadahonda.
Cinco minutos faltan y la música de los australianos AC&DC nos anima hasta el punto que la noche pasada en vela pasa a un segundo plano. Intento salir como puedo con mi compañero Juan Luis protegiendo la retaguardia e intento en las zonas anchas progresar pues quiero evitar el tapón de la subida al Soplao. Entramos en el bosque como serpiente multicolor y con malas sensaciones pues se va a bloque y los espacios son muy pequeños. Ni veo la cabeza, ni el final de una disposición de corredores que llenan todo el camino. Abro codos para proteger mi parcela y espero que alguna subida nos vaya colocando en una posición más cómoda.
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Ah, por cierto, me caí, mejor dicho me tiraron. La salida en tropel descoloco la carrera y había gente poco habilidosa en la parte delantera y corredores experimentados que habían salido muy atrás. Coctel perfecto para que sin saber como, te adelantan desde atrás en donde no hay sitio y donde tu espacio vital de respiro se merma hasta que chocan los manillares en un acto de encuentro y matrimonio, que no llega a la absolución del cura cuando se han divorciado y donde tu única posibilidad es ser recogido por un ángel de la guarda que pase por allí o caer en blando encima de otro corredor. No recuerdo nada, tan solo cuatro corredores en el suelo. Dos de ellos se rehacen rápidamente, otro empieza a chillar de dolor y yo, que empiezo en actitud pueril a preguntarme ¿Quién soy? ¿Dónde estoy?, preguntas filosóficamente muy al efecto.
Me levanto, con la sensación de haber besado el suelo como Papa en nuevas tierras y después de un análisis rápido veo rozaduras en los muslos y fuerte contusión en la pierna izquierda en principio no muy preocupante. El maillot está lleno de tierra por la parte de delante y noto como un diente se ha salido de la formación, adelantándose al resto. Cuando levanto la bici, mi rueda delantera, esa que lleva el líquido verde ha perdido el vital elemento que nos da la sustentación necesaria y entiendo que todo ha terminado, pues la famosa válvula tiene un apriete superior al que yo le puedo dar con mis manos y me quedo perplejo viendo como la serpiente multicolor sigue pasando y pasando. Pasa mi compañero Juan Luis, le grito y consigue salirse del vientre de la culebra 20 metros más adelante. Mi compañero me anima pero no consigo recuperarme anímicamente.
Solos en el bosque nos miramos perplejos y en un acto de valentía y sin duda de un gran compañerismo coge la rueda y se vuelve a Cabezón en busca de ayuda. Yo, mientras tanto necesito aclararme y tomar una decisión pero me siento vacio y sin capacidad de análisis. Creo que mejor es dejarlo, pues el muslo me empieza a doler y no quiero entorpecer más a mi compañero pues solo él y yo sabemos lo que hemos preparado esta prueba. En este momento, hace aparición un paisano con una moto de gran cilindrada y cuando quiero darme cuenta estoy montado en la parte de atrás con la bici a modo de saco de patatas y camino del pueblo.
Resolvemos el problema y empezamos a rodar pero yo no puedo seguir el ritmo de Juan Luis que se ve obligado a irme esperando. Por fin, cogemos al último de la fila y me da cierto ánimo. La carrera a estos niveles es divertida, la gente en grupetas conversa y disfrutan relajadamente al estilo de nuestro compañero Roberto.
En el primer avituallamiento, Juan Luis me insistió en parar para raspar y limpiar las heridas. Pedí algo para el dolor, y solo me dieron una pastilla siguiendo el protocolo.
Llegamos al Soplao y sorpresa cuando veo toda la subida como un Vía Crucis. Las otras dos veces la subí con el platillo y esta vez tocaba parar y empujar. Consigo coronar y entiendo que Juan Luis se ha marchado a intentar recuperar la hora larga que en total había perdido conmigo. Siguiendo el protocolo me tomo otra pastilla y algún plátano demás y desciendo muy despacio sin tener claro todavía si me retiraba o continuaba. Ruedo muy despacio por la carretera observando el paisaje y ajeno a todo tipo de competición, me acerco a la desviación del monte Aa, cuando la rueda delantera sufre un pinchazo. Procuro no tomármelo mal y agradezco que todos los infortunios caigan el mismo día para quedar libre en otra ocasión y es cuando decido que lo dejo…
En esos instantes, en los que estaba apartando el líquido verde para meter la cámara se me acerca un grupo de personas, todos con camiseta verde pistacho y empiezan a animarme. La voz cantante la llevaba una señora mayor que no paraba de hablarme a lo que yo solo asentía con la cabeza. Allí todos trabajaban, unos con el desmontable, el más mayor encorvado con la bomba de inflado, otro sujetando la bici, otra limpiándome con una toallita húmeda los restos del wandiblú. Ni que decir que me tomé otro plátano debidamente pelado y yo sin poder articular palabra, les preguntaba de donde eran pues tenía que contar y dar publicidad lo que estaban haciendo por mí. Eran de Torrelavega y estaban con un familiar que corría. Llevaban una bolsa con intendencia y me dieron otro plátano y una cámara por si volvía a pinchar (creo que la guardaré de recuerdo) y justo en ese momento pensé, voy a terminar esta carrera por vosotros pues os lo merecéis.
El pequeño subidón que experimente en ese momento lo emplee en subir a buen ritmo Aa y en la bajada planifique lo que sería la segunda parte de la prueba. El tiempo me daba igual, pues en Ruente había perdido 1 hora y media con respecto al año pasado y desconecte el reloj. Debo reconocer que la mezcla de analgésicos con un número elevado de plátanos atenuó el dolor del muslo y aunque el pedaleo no era redondo subía muy bien. La estrategia era clara, siempre que el dolor no fuera a más intentaría subir fuerte y relajarme en las bajadas, las cuales son peligrosas por lo largas y la tensión que había que mantener. El último Moral, cruz y calvario del año pasado lo subí en 45 minutos y al coronarlo me sentí muy bien, olvidándome de la bajada y de los kilómetros finales.
Con alguna lágrima contenida, cruce la meta y con mi mujer y amigos departimos largo y tendido una gran velada que me hizo olvidar todos los infortunios.
Creo, en mi caso, que esta etapa ha concluido y sin querer entrar en un estado oscuro, espero que la luz brille fuerte para el Soplao 2012.


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