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2/3/11

Pedales de lava "Episodio Nº 4"

P1010264Mis piernas ya acusaban el esfuerzo de los días anteriores, no iban muy perjudicadas, pero no tenían esa frescura propia de cualquier mañana al empezar a pedalear. Me di cuenta al rodar los primeros hectómetros. Entramos en zona de pistas polvorientas que nos conducían hacia un extraño paisaje de dunas y malezas. Los caminos se entrecruzaban como los hilos de un hobillo de lana. Apenas lucían unos rayos de sol y ya estábamos clavados en la arena dando pedaladas desesperadas para no perder el ritmo. La ruta era larga, la más extensa de las cinco y nada más empezar se nos cargaban los gemelos y los cuádriceps iban muy congestionados. Si algo hubo durante todas y cada una de las etapas fue la compañía de los lagartos que se cruzaban a nuestro paso o se estremecían en sus escondrijos al sentir nuestra presencia. Los pajarillos también fueron buenos compañeros de viaje, los había de todos los colores y tamaños, con sus trinos divertidos y repentinos nos hacían ver que no estábamos solos.


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Entre arenales llegamos a la línea de costa nuevamente. Que preciosidad de lugar. Teníamos delante toda la gama de azules, verdes y grises. El camino, algo tortuoso, nos impedía correr, hubiese sido un sacrilegio no recrear nuestras retinas con semejantes panorámicas. El majestuoso risco de Famara al fondo, las casitas de pescadores encaladas junto a la playa, las nubes nublando el cielo, el horizonte negruzco fundido con un plomizo cielo en la lejanía. Eran un placer ir paseando a tan tempranas horas del día, formando parte de aquella acuarela viva.
Nuestras ruedas seguían una retorcida senda entre piedras, grietas, roquedos que encrestaban pequeñas cuestas nos obligaban a levantarnos de lo sillines y pedalear con rabia para poder dominarlas. La línea recta había desaparecido, un nervioso bailecillo era el que íbamos describiendo sobre aquella amordazante arena rubia. En ocasiones una pequeña brecha en el roquedo era nuestro paso y había que calcular bien la cadencia para no golpear con los pedales en las piedras y tener un indeseable accidente.



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Entre piñones altos y pedaladas intrépidas llegamos a Caleta de Caballo. Un enclave en el que parecía que el tiempo era algo desconocido, la mañana parecía estática. Una pequeña caleta con la marea baja, nos mostraba a los mayores con sus sombreros típicos de paja, como  mariscaban con sus espaldas arqueadas y sus nasas preñadas de pulpos y camarones. A modo de herradura, se apiñaban todas las casitas alrededor de aquella preciosa cala. La mayoría de las fachadas lucían heridas causadas por el salitre, otras se veían orgullosas y recién pintadas, incluso algunas emulaban palacios venecianos en miniatura. Por una especie de empedrado paseo, fuimos lentamente disfrutando de todos y cada uno de los rincones de tan idílico lugar. Un joven de cabellos revueltos y barba desaliñada nos saludó alzando la taza de café que prendía en su mano. Tras ese gentil saludo de despedida llegamos hasta La Santa.



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Primero tropezamos de bruces con el complejo deportivo con el mismo nombre. Y más adelante con el gracioso y coqueto pueblo marinero. Este tiene como Patrona a la Virgen de los Dolores a la que también llaman Virgen de los Volcanes, pues creen que ha salvado siempre al pueblo de la lava de las erupciones. Es un lugar rodeado de volcanes y del malpaís creado por la lava. En casi todas las casas de primera línea pudimos ver secaderos de pescado artesanales. Las montañas de fuego nos fueron vigilando, contemplaron nuestro paso y nos daban a entender lo que nos quedaba por ver en algo menos de una hora. Timanfaya.
Otra vez hubo que poner a prueba nuestra técnica, nos vimos dentro de un tortuoso y angustioso sendero que tenía a la espalda un volcán amenazante y al frente un desairado mar rugiente, que hacía escasos minutos había comenzado a levantarse, golpeando los acantilados con rabia. No pudimos ciclar todo ese tramo, en el algunas secciones una caída podía haber resultado peligrosísima, optamos siempre por la cordura. Esos tramos, tal vez, si hubiesen estado rodeados de campo los habríamos pulverizado con nuestras cubiertas traseras dejando la misma huella que un arado les hubiera podido infringir, pero era mejor poner el pie en el suelo de vez en cuando que poner los pies en la sala de urgencias de algún hospital.


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Los volcanes se sucedían y las montañas de ceniza compactada y lava, daban cobijo a unos terrenos de cultivo, cubiertos de su característico manto negro. Unas curiosas formaciones rocosas a nuestra derecha nos fueron hipnotizando y en tan curioso trance entramos en una carretera en la que se podía sentir una extraña sensación difícil de identificar. Estábamos llegando al Parque Nacional de Timanfaya.



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¡Madre mía!, fue lo que exclamé cuando vi en que se había convertido el escenario de nuestra ruta. Era el resultado de una enloquecida y caótica erupción, en la que Vulcano seguro que pasó mucho tiempo golpeando de manera iracunda su yunque, y los chisporroteos de su forja salieron por la chimenea de aquellos volcanes. Nunca había visto algo igual, era un lugar a primera vista inhóspito. Se sentía algo extraño al ir profundizando en las entrañas del parque. Girar la cabeza y no ver más que bombas de lava petrificadas, informes bloques pétreos desquebrajados, arenas negras rellenando cualquier resquicio, era algo que me hacía sentir una especie de miedo apacible. Sentí la necesidad de escrutar todos y cada uno de los rincones de aquel lugar, era una pesadilla hecha realidad. La sorpresa fue cuando descubrí que no sólo los líquenes habían colonizado aquel alienante paisaje, también los reptiles e insectos se habían adueñado de aquellas frías lavas, que seguro en su día devastaron todo lo que sus lenguas encontraban a su paso. Íbamos algo distanciados, cada uno de nosotros iba conformando en su mente su propio documental. Al reagruparnos no hubo palabras, el silencio lo inundó todo, nuestras expresivas caras se encargaban de dejar patente nuestras emociones. Nuestras respiraciones eran jadeantes, el sol nos estaba azotando sin piedad, nuestra piel iba rebozada de una curiosa mezcla de crema protectora, arena y sudor.


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En el margen del camino se veían pequeños arbustos plantados por el hombre, que se esforzaban por salir adelante, para que el verde de sus hojas luchara con el luto imperante. Una carretera y un cartel que indicaba dirección a Yaiza nos sacó de ese inolvidable descenso al Averno donde seguro que Sethlans, Vulcano y Hefesto se conjuraron hace varios siglos para castigar la isla de Lanzarote.
La tricromía nos daba la bienvenida en Yaiza. Otra bella población engalanada de palmeras y jardines de cactus por doquier. Un nuevo sello estaba esperándonos junto a un delicioso sándwich de pollo y unas bebidas refrescantes. Al pagar el refrigerio, la simpática y amable señora que regentaba la cafetería nos dijo que nos quedaba el tramo más complicado. Nosotros no acertábamos a entender como podía decir aquello, acabábamos de salir del mismísimo infierno.



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Gracias a las señalizaciones de la ruta pudimos llegar hasta las Salinas de Janubio. Hasta llegar allí fuimos disfrutando primeramente por un barranco en el que nos metimos por una especie de cauce pedregoso en el que las Ghost se ganaron el sueldo y alguna paga extraordinaria. Al salir de ese capricho pasajero, el camino en algunas ocasiones, desaparecía y nos veíamos rodando entre matorrales y pedregales. El terreno era llano, hacía tiempo que no teníamos que subir ni bajar ninguna pendiente. Muchas veces nos veíamos intuyendo el camino, pero siempre teníamos el gps que nos permitía hacer trampas y saber en todo momento donde nos encontrábamos. Nuestras fuerzas iban intactas, el descanso en Yaiza y aquel sabroso bocadillo nos había devuelto las ganas de seguir luchando contra Pedales de Lava.



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Salinas de Janubio. Parada obligada. Yo no podría describir aquel lugar mejor que Don César Manrique, quien escribió sobre ellas los siguiente: “Siempre me ha impresionado la visión de una salina. Las de Lanzarote me han llamado la atención por su lineal belleza y por su cegador colorido… Toda la planta se enmarca en las coordenadas compositivas de Mondrian”. Efectivamente el ángulo recto era el dueño de aquel paisaje, la irregular cuadrícula conformaba un todo que llenaba la vista con su color y su magia.
Seguimos nuestro rumbo dirección a Los Hervideros, también un lugar impresionante, la pena fue que el mar estaba en calma y no pudimos contemplar el espectáculo del mar golpeando los brazos de magma que en plena erupción llegaron al mar, siendo hoy roca solidificada. Aquellos acantilados estaban minados de agujeros por los que el agua embravecida, en los días de mala mar sube hasta la superficie, dando la impresión de ser agua en ebullición. Consultamos el libro de ruta y teníamos que continuar perfilando ese capricho de la naturaleza hasta un hotel abandonado. Hasta llegar a éste, el camino se hizo duro, el terreno era arenoso y si no seguías la senda que las señales oficiales te marcaban, te veías con la rueda dentro de un palmo de arena. No aparentaba el terreno estar tan mullido fuera de la pista, daba la impresión de estar más compacto, pero no, la señora de Yaiza tenía razón.


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Los kilómetros se amontonaban  en las piernas y aquel pedregal embadurnado de arena rubia y negra, nos estaba vaciando las piernas, los ánimos y haciendo en nuestros estómagos un vacío, que pudimos llenar con la fruta que llevábamos en las mochilas. Fueron kilómetros muy largos, eran interminables, aquellas piedras estaban por todas partes. Pero ver la silueta del faro de Pechiguera a lo lejos nos renovó los ánimos y ordenamos a nuestras piernas que dejaran de quejarse,  pronto se verían dentro de una bañera de agua calentita donde poder descansar y reponerse. Bajamos un par de piñones y el plato mediano notó inmediatamente la tensión de nuestras ganas de llegar. Vimos varios chalets muy curiosos a mitad de camino, entre el movimiento Hippy y el estilo bávaro denominado Kitsch. Bajo la lucerna del faro, un paseo marítimo nos condujo rápidamente hasta Playa Blanca. Al entrar en la población buscamos su paseo marítimo y sorteando turistas llegamos hasta nuestro anhelado apartotel donde nos estamparon otro galardón en las páginas finales de nuestro rutómetro.
Pedales de lava "Episodio Nº 4" Reviewed by Administrador on 11:23 Rating: 5 Mis piernas ya acusaban el esfuerzo de los días anteriores, no iban muy perjudicadas, pero no tenían esa frescura propia de cualquier mañana...

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