Aqui os dejamos esta segunda entrega de "Pedales de lava" Por Luis Chorques




Isla de la Graciosa. (2ª Etapa).
A bordo de “El Graciosero” doblamos la punta del risco de Famara, viendo a babor lo que los habitantes de las ínsulas llaman, El Río. Consistente en una lengua de mar que separa Lanzarote de La Graciosa, de unos dos kilómetros aproximadamente de longitud. La punta del macizo de Famara recuerda la proa de una gigantesca nave, que pone rumbo a septentrión. El trayecto fue breve, en un abrir y cerrar de ojos estábamos sobre el espejo del puerto de la peculiar localidad de Caleta de Sebo, capital absoluta de la isla. Acabábamos de llegar al archipiélago Chinijo por la puerta grande.
El puerto era un lugar ensoñador. La luna reflejaba su plateada luz sobre la bahía, bruñendo sus aguas, las luces de los restaurantes iluminaban las amuras de los veleros que con el tintineo de sus mástiles creaban una atmósfera marinera que jamás había disfrutando en lugar alguno. El sabor de unas puntillas de calamar y unos tomates de Vecindario fueron la guinda en aquel dulce y sedoso pastel. Había olvidado el motivo de mi viaje, tenía la sensación de haber contratado un viaje de relax y no una entrada al infierno.
Después de un reparador sueño, desayunamos un leche y leche con unos bocadillos, contemplando el imponente risco y el azote del mar sobre la playa, entre tanto unos hippies montaban sus tenderetes en los que vendían todo tipo de bisuterías y adornos hechos con caracolas y gemas exóticas. Había mucha gente pululando esa mañana, los barcos no dejaban de traer turistas procedentes de la isla conejera.
Al acabar el último sorbo de nuestro segundo café nos pusimos en marcha. Las calles de La Graciosa no estaban asfaltadas, eran laberínticas lenguas terrosas por las que un sinfín de todoterrenos circulaban siguiendo un patrón ininteligible para los que éramos foráneos. Nuevamente fuimos al son que Sergio nos marcó. Hizo fotografías y rodó algunas secuencias. Tras las primeras tomas, seguimos un escueto camino delimitado por piedra volcánica y en fila india fuimos culebreando con nuestros manillares hasta la primera trampa arenosa. Había que alcanzar una pista que se veía a lo lejos pero no encontrábamos por donde subir. Como si fuésemos dos suricatos, nos situamos sobre una duna y oteando a nuestro alrededor pudimos ver unas rodadas que posiblemente nos conducirían a nuestro objetivo.
Así fue, esas rodadas nos mostraban el camino, pero las ruedas se hundían en la arena y en la gravilla volcánica, las ruedas crujían en el intento de llevarnos siempre hacia adelante. Un rizadero, de los tantos que cruzamos, nos detuvo a escasos metros de la pista que nos conduciría hasta Pedro Barba. En esa bajada levantamos el vuelo a un trío de perdices y asustamos a un conejillo que andaba vigilando desde la maleza a las rapaces de la zona.
Pedro Barba era la otra localidad de la isla. Decidimos llegar hasta ella atravesando un pedregal fuera del camino, pensamos que sería más divertido volver a poner a prueba las Ghost. Apenas vimos signos de estar habitada, pero curiosamente todo estaba muy ordenado y cuidado. En el embarcadero vimos un bote amarrado y cerca de la rampa de varado, nos saludaron un par de personas que estaban pescando. Recorrimos las calles de la silenciosa y taciturna aldea encalada. Abandonando nuestra imaginación, recreamos como sería tener una casita en semejante oasis. Siguiendo la línea de mar un sendero nos hizo disfrutar mucho de las bicicletas. Era una prueba tras otra, las horquillas se ganaban el pan a marchas forzadas, los frenos se aburrían de manera supina y nosotros parecíamos dos chiquillos correteando sobre la fría y añeja lava. Aquel vial parecía no acabarse y dentro de nosotros había algo que tampoco quería que se acabara. Nos despertó salvajemente. Todo ello, mejorado con un día nublado con una grisácea panza burro y el mar golpeando en las rocas, salpicándonos en muchas ocasiones, refrescando nuestras caras y ánimos. No era justo que se acabara tan pronto. No.
Después de la fiesta tocaba arena rubia nuevamente, ruedas hundidas, cuadriceps al límite, gemelos humeantes y las cubiertas lijadas por segundos. Una miríada de caracolillos blancos adornaban las dunas. A los pocos minutos, una figura afilada a nuestra izquierda llamó mi atención. Un Guincho (pandion haliaetus) . Nos acercamos un poco para poder observarlo, pero alzó el vuelo y nos dejó claro que no quería visitas. Con esa excepcional visión, seguimos luchando contra las dunas hasta que vimos una playita paradisíaca. Nos dejamos caer a gran velocidad hasta la misma orilla y sin mediar palabra alguna, en menos de dos minutos estábamos envueltos por las embravecidas olas que nos masajeaban con su espuma. El agua estaba a una temperatura ideal. Fue un baño que nos hizo sentir especiales y únicos, pensamos que nadie podría estar disfrutando de un lugar tan bello en ese mismo instante. Que afortunados nos sentimos. Al tiempo que nos secábamos con la brisa, comimos algo de fruta y vimos llegar a un amigo que conocimos en el desayuno, que tiraba las cañas de pescar en compañía de sus hijos y algunos amigos a escasos metros de donde estaba nuestro fugaz campamento de verano. Playa Lambra será un rinconcito de aquella ruta imposible de olvidar.
Dejando montaña Bermeja a nuestra derecha, sorteamos la playa de las Conchas sin saberlo, interpretamos mal el mapa y optamos por ignorar el caminito de puntitos verdes que nuestro portulano marcaba y que llevaba directamente a esa playa, que según nos comentó Maxi al vernos al final de la etapa, era el lugar más bello de la creación.
Camino a Montaña Amarilla nos encontramos con la playa del Corral, lugar donde los surferos disfrutaban de las olas. Había bastantes de ellos en el agua esperando olas y otro tanto en las rocas vistiéndose, pues se acercaba el medio día y los restaurantes de la isla tenían sus fogones a pleno rendimiento. Una vez presentados nuestros respetos a los pies de la montaña de tinte leonado, regresamos sobre nuestros pasos y al cabo de unas pedaladas, el arenoso terreno volvió a desafiarnos presentando batalla. Victoriosos llegamos a un punto en el que sólo había que dejarse caer hasta Caleta de Sebo. La cocina del restaurante de la pensión Enriqueta nos esperaba y en él derrocharíamos el último esfuerzo, con sabor a bienmesabe.
Puedes leer el Episodio Nº 1
En breve la tercera entrega.


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