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17/2/11

Pedales de Lava “Episodio Nº 1”

Casi quince años han pasado desde la última vez que sentí en mi piel la frescura de las aguas del poderoso Atlante. He gozado de otros mares, pero ninguno ha suscitado tanta fascinación y entusiasmo en mi vida. En sus aguas descubrí las maravillas del mundo submarino. En sus aguas dejé dos años de mi juventud.

El creador de Pedales de Lava.... "Maxi Biela".

 
Desde hace unos meses, estoy dando vueltas en mi cabeza a un descabellado viaje. Donde una dura pugna no halla paz ni tregua. Esta contienda se libra porque he de dejar huérfana de padre y esposo, a mi familia, durante un espacio de tiempo bastante más largo del que yo quisiera hacerlo; y la necesidad de vivir una aventura única y embriagadora. Como no podía ser de otra forma, he terminado esta partida con resultado de “tablas”.


Dani y Maxi, 1ª etapa


A continuación voy a intentar haceros partícipes de mi periplo lanzaroteño, acompañado entre otros, de mi buen amigo Daniel López Corbalán, al que muchos conocéis como “Pela69”.

“Un hormigueo propio de la situación estaba estrangulando mi estómago. Llevaba la frugal cena envuelta en una marejada de jugos gástricos. Mi mente iba escrutando todo lo que necesitaba para el viaje, intentando que nada se quedara olvidado en casa. El viaje fue cómodo y tal vez algo anodino, eran las primeras horas de la noche y aún no éramos conscientes de la aventura que estaba dando comienzo. El paso por el aeropuerto fue agotador, la terminal T-1 no tenía ni una maldita silla en la que poder sentarse el viajero a la espera de su embarque. Viendo como una señora pilotaba una ruidosa máquina abrillantadora pasaron las horas. El vuelo fue según lo previsto, incluso aterrizamos con diez minutos de adelanto. La mañana isleña había dejado atrás la negra noche madrileña. Ya habían pasado más de veinticuatro horas desde que retocé con Morfeo por última vez.


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Lo primero que me sorprendió fue lo mágico que es el mundo de los recuerdos. La luz de la mañana me trasportó a Gran Canaria, parecía que estaba viviendo un día más de los que dejé en Las Palmas. Es como si no hubiese pasado el tiempo y siguiera destinado en el archipiélago. Un filtro especial envuelve el paisaje en esas latitudes. Me despertó de mi ensueño una joven con un cartelillo en alto, en el que se podía leer: “Pedales de Lava”. Nos acompañó a un taxi y como si junto a un piloto de fórmula uno estuviésemos sentados, llegamos a Puerto del Carmen donde nuestro bungalow nos estaba esperando. A media tarde entraron en escena Maxi, Chema y las Ghost. Una entrevista amistosa y agradable sirvió para pormenorizar y aclarar muchos detalles de las próximas cinco rutas que nos estaban aguardando, y que nos servirían para enamorarnos de aquella isla y sus gentes.


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Un baño vespertino en la piscina nos despejó un poco, nos alejó los fantasmas del sueño y nos permitió poner a punto las bicicletas, ir a un supermercado a comprar algunas cosas necesarias y estrenar el comedor del Costamar. Pronto las sábanas nos aprisionaron y nos inmovilizaron hasta el alba.

La melodía “Fear of the Dark” de Iron Maiden comenzó a sonar y me desperté desubicado, no supe por unos instantes donde estaba, aquella escueta y oscura habitación era como un laberinto para mi. Mi sorpresa era que esa musiquilla correspondía a una llamada telefónica y no a la estrofa seleccionada para ser despertado. Mi dulce esposa me estaba llamando para felicitarme por mi trigésimo séptimo cumpleaños pero sin tener en cuenta que estábamos en husos horarios diferentes. Para ella eran las siete de la mañana y me imaginaba delante de un desayuno hercúleo y mayúsculo, pero nada más lejos de la realidad, eran las seis de la mañana y mis legañas aún estaban creciendo. Apenas acabar la conversación marital sonreí pues nos pasamos la vida escuchando eso de: “una hora menos en las islas canarias”. Entre los pitiditos del teléfono y los nervios del primer día, no pude volver a la cama, Dani me felicitó con un fuerte apretón de manos y una de sus mejores sonrisas.

Al igual que los toreros, nos vestimos de manera litúrgica, siguiendo un orden, con ritmo pausado, evitando pliegues, ciñendo todas las prendas al máximo. Muchas ilusiones estaban puestas en esa primera mañana. Nada quedó en manos de la improvisación, revisamos mochilas, herramientas, bicicletas de manera exhaustiva, alimentos energéticos y hasta un pequeño botiquín que siempre llevo para pequeñas emergencias.

Puerto del Carmen – Órzola (1ª etapa).


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Como si dos Guirres fuésemos, dábamos vueltas en círculo ante la entrada del apartotel a sabiendas de que en breves minutos llegarían nuestros tres acompañantes. Acto seguido y torciendo una esquina aparecieron tres uniformados ciclistas, luciendo los bellos colores de Pedales de Lava. Uno de ellos era Maxi Biela, el culpable de todo, el diseñador de la ruta, el guía en cierto modo de nuestra ansiada expedición. Junto a él estaban Sergio Fernández y  Amelia. Una vez presentados los cinco, nos hicimos una foto a modo de ceremonia de inauguración. El periplo no daría comienzo hasta que nuestras ruedas no se situasen en la plaza de las Naciones Unidas, lugar donde concurrían nuestro Alfa y Omega.

Sergio iba a documentar los cinco días que duraría la travesía a lo largo de la escabrosa y pétrea isla de Lanzarote a lomos de su bicicleta. Nosotros haríamos las veces de figurantes para darle un toque huertano a su reportaje, si bien nuestro plan era acompañar a nuestros amigos al principio de cada jornada y después continuar a nuestro ritmo.


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Un embaldosado paseo marítimo nos sirvió como pista de calentamiento. Las palmeras se sucedían cada pocos metros y tras ellas podíamos divisar atractivos complejos turísticos, bellas casitas de pescadores que a modo de orgullo lucían el azul del mar en sus alféizares, el verde palmero en sus portales y sus muros y terrazas envueltos en el más puro y sencillo color blanco; jardines cuyo broche era el de los singulares cactus que exhibían sus caprichosas formas y floraciones sobre un negro manto de arena volcánica. A la otra banda de la fachada marítima se iban alternando la arena y el roquedo, conformando idílicas playas y caletas. Un bello murete encalado era la frontera entre nuestras ganas de formar parte de ese paisaje y nuestro viaje. En un par de ocasiones no pude reprimir mis impulsos y aprovechando pequeñas brechas en ese murete, me aventuré a labrar con las ruedas de mi montura aquellas añejas arenas relamidas por las olas. Fuimos cruzando conversaciones mientras el sol iba acariciando nuestros semblantes y donde alguna gota de sudor comenzaba a perlar nuestras frentes. El azul del mar era como el canto de las sirenas, nos enajenaba y nos llamaba. Así fuimos pedaleando hasta Arrecife.

El Castillo de San Gabriel nos obligó a doblegar nuestras cabezas y no dejar de contemplarlo. Aproveché la belleza del lugar para hacer algunas fotografías a Daniel cruzando por el Puente de las Bolas que soberbio y sobre sus arcos, nos condujo hasta la isleta en la que estaba enclavada esa obra arquitectónica del siglo XVI, construida en el reinado de Felipe II para defender con sus cuatro cañones los envites piratas.


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Apenas habíamos vuelto al paseo marítimo, en el que las gentes canarias gozaban de la vida, sabedoras del lugar en el que vivían. Nos tropezamos con el Charco de San Ginés a nuestra izquierda. Parada obligada para poder admirar semejante capricho de la naturaleza, un charco marino a modo de laguna salina. Bordado de casas de pescadores que nuevamente nos regalaban esa especial tricromía tan maravillosa e hipnótica, blanco, azul y verde. A la vera de la laguna se erigía el auténtico Barrio de la Puntilla, donde las redes y el olor a marea eran la herencia de tiempos mejores.
Minutos más tarde tomamos contacto realmente con nuestro natural elemento, la tierra desnuda. Unos escalones de piedra cuarteados por el tiempo y el descuido me dejaron patente lo buena que era la bici que me habían alquilado, se tragaba las piedras y grietas como una glotona sin límites. Esa diminuta trialera nos abría la puertas a un extraño y caótico entorno. Nos rodeaba una curiosa mezcla entre polígono industrial portuario y cementerio de toda clase de vehículos y artefactos herrumbrosos. Maxi nos dijo que era la franja “underground” de Pedales de Lava. No se equivocaba. Pude ver sembrados desde grandes mercantes varados en la playa a merced de la erosión, de los temporales y tal vez en días lejanos del expolio, hasta montones de chatarra indefinidos que algún día fueron el orgullo de alguien. Se sucedían almacenes abandonados que daban al paisaje una tristeza efímera, pues dando algunas pedaladas dejamos atrás ese mundo olvidado y nos adentramos en un vistoso pueblo marinero, antesala de Costa Teguise.


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Bordeando la costa llegamos a un punto donde el pedregal era impresionante, íbamos flotando por un lecho suelto de piedras de todos los tamaños, donde el terreno nos obligaba a ir subiendo y bajando de manera indiscriminada. En ese momento comenzamos a tomar conciencia de que el mar había desaparecido de nuestra vista y el desierto nos estaba acogiendo. Nuestra vista por muy lejos que llegase sólo veía lo mismo, un sinfín de caminos y rodadas por las que el rutómetro era crucial para orientarnos y no hacer esfuerzos vanos. La vegetación era casi inexistente o por lo menos a primera vista, no se veían más que rocas y arenas de todos los colores. Así fuimos zigzagueando, sorteando cruces hasta llegar a unas antiguas salinas abandonadas por las que no pude evitar nuevamente la tentación de rodar sobre ellas. Al detenernos para hacer las fotografías, nos dimos cuenta de que las camisetas ya estaban mojadas de sudor. No habíamos requerido mucho esfuerzo para llegar hasta allí, pero el continuo pedaleo tenía un precio hídrico que debíamos pagar. Nuestras reservas de agua eran buenas, mínimo llevábamos tres litros en las mochilas, amén de los bidones que las bicicletas nos sujetaban. Aquellas ruinas dieron paso a una pequeña salina en plena actividad extractiva. Nos gustó mucho el contraste de las aguas magentas y violáceas que se veían salteadas de pequeñas montañitas blancas, fruto de la desalación de las atlánticas aguas.


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Acabadas las salinas, fuimos rebozando las cubiertas con el polvo de  un camino que poco a poco y subiendo, nos llevó hasta Guatiza. En el camino vimos una cantera con forma de cráter a cuya espalda, escondida, había una buena cuesta arriba que nos puso las piernas en solfa. En la Sociedad “La Imperial”, un bar a orillas de la carretera optamos por hacer nuestra primera parada para descansar un poco, tomar una bebida azucarada y rellenar nuestras gibas con litro y medio de agua fresquita. Tras hacer unos estiramientos paupérrimos nos sentamos como zánganos a la puerta de su colmena y saboreamos aquel néctar al tiempo que veíamos pasar los coches. Acabado el ágape, seguimos hasta el desvío en el Jardín de Cactus y tras subir unos escasos metros de desnivel nos vimos envueltos en unas divertidísimas bajadas cuyas curvas se recortaban en algunas ocasiones casi a navaja.


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Mi compañero consultó el rutómetro y me dijo que guardase la cámara de fotos. Me resultó un extraño comentario pero en breve descubrí su razonamiento. Estábamos cruzando por Charco de Palo, una urbanización nudista que tenía unas caletas preciosas de arena rubia y lejas de piedra negra en las que poder tomar el sol y disfrutar del baño. Fuimos bordeando la urbanización hasta volver a una zona de dunas y pedregales. Los senderos técnicos eran infernales, te obligaban a sacar humo al molinillo y las pulsaciones se disparaban por segundos, así fuimos durante kilómetros. Luchando con zonas arenosas junto al mar, caminos pedregosos, zonas técnicas en las que había que subir por encima de bolos gigantescos y dejarse caer por grietas y caminos casi inexistentes. A veces desaparecía el camino, y las dunas jugaban a despistarnos, pero la lectura del gps nos fue dando luz en el asunto y entre los ratos empujando las bicis por los impracticables arenales y los disfrutes que las horquillas nos proporcionaban, fuimos llegando hasta el primer punto de control, en el que nos debían sellar nuestro libro de ruta.


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El Chiringuito Beach en Arrieta era nuestro punto de avituallamiento y control. Nuestro menú fue el siguiente: ensalada de la casa, sardinas a la plancha, papas arrugas con mojos, cazón en adobo, calamares rebozados y buenas jarras de cerveza rubia. Todo aquello nos supo como el maná en mitad del desierto. Pero que gran equivocación, pensamos que los escasos quince kilómetros hasta el puerto de Órzola serían un paseo  y llenamos los buches de manera excesiva. Contentos de llevar el primer sello de los colaboradores de la organización fuimos rodando por caminos pedregosos y tramos en los que había que ser hábil para sortearlos sin poner el pie en tierra. Íbamos saboreando nuestra llegada y el final de la etapa, pero que tontuelos, al llegar a los Jameos del Agua cometimos un garrafal error, manipular el gps. Abordamos un sendero paralelo al mar que se convirtió en nuestro “vía crucis”. Lava por todas partes, piedras, piedras, sólo había piedras angulosas y sueltas. Había que rodar sobre ellas, el camino débilmente se podía intuir y cada vez era más tortuoso. Optamos por bajarnos de la bici en algunos tramos pero la obstinación nos hizo gastar nuestras reservas. Afrontábamos las dificultades de aquel extraño itinerario con fuerza, pero las digestiones nos fueron minando los ánimos. Yo me sentía molesto, pesado y hasta un tanto confuso, no podía creer que nuestra aventura pudiera ser tan dura. Cada vez que consultábamos el gps nos decía que íbamos bien, pero algo dentro de nosotros sabía que aquello no podía ser así. Tras hora y media de angustioso pedaleo decidimos volver a manipular el diabólico localizador. ¡Eureka!, el zoom había sido alterado y en vez de estar en ochenta metros estaba en tres kilómetros. Claro, de esa manera siempre estábamos en ruta.


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Optamos por recurrir al libro de ruta y al leer que los últimos kilómetros eran por asfalto supimos que debíamos atajar hacia la izquierda y seguir el curso que seguían los coches que escuchábamos. Así fue, pedregal a través. Cuando dimos la primera pedalada sobre el negro y rugoso asfalto, Maxi me llamó por teléfono, pensando que estaríamos en el puerto disfrutando de una buena merienda, pero escuchó mi entrecortada y quejicosa respiración, sorprendiéndose, y al escuchar nuestra epopeya por aquellos inhóspitos lugares reprimió una posible carcajada y nos emplazó su situación. Acordamos vernos en el puerto y partir todos juntos hacia la isla de la Graciosa a bordo del último barco.


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Después de unos dulces y refrescantes minutos de pedaleo llegamos a Órzola y directamente caímos en el puerto. El saber que la etapa había acabado fue como si nuestra sangre escupiera hasta la última gota de adrenalina, nos escurrimos en un banquito de piedra junto a un parque infantil en el que estiramos piernas, cuello y moral. Al ratito llegaron nuestros tres mosqueteros y juntos embarcamos camino de La Graciosa.

En breve, el episodio Nº 2
Pedales de Lava “Episodio Nº 1” Reviewed by Administrador on 7:48 Rating: 5 Casi quince años han pasado desde la última vez que sentí en mi piel la frescura de las aguas del poderoso Atlante. He gozado de otros mares...

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