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22/2/11

Pedales de lava "Episocio Nº 3"

Órzola – Famara ( 3ª etapa).

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Atrás quedaban dos interesantes noches en una pensión muy singular y a la vez esperpéntica. Al bajar del barco en el muelle de Órzola lo primero que hicimos fue sentarnos a desayunar los cinco juntos. Tras comentar como iba a ser la jornada, pues era la que más metros de desnivel acumulado tenía de las cinco, saboreamos todos y cada uno de los tragos de nuestros cafés. Para evitar ser abrasados y calcinados por Helios, nos embadurnamos como ya era costumbre de una crema solar de alto factor de protección.
La primera joya nos llegó a los pocos minutos de empezar la andadura diaria. Abandonamos el detestado asfalto y por un tabaibal enmarañado, revuelto y lleno de piedras cubiertas de negra arenisca volcánica, fuimos caracoleando y riendo por un estrecho pasillo. Algunas de las plantas eran espinosas y dejaron patente en nuestras pantorrillas el poder de sus defensas, pero la sangre no llegó al río. Era un comienzo genial, había que afrontar escalones naturales y desmembrados que nos hicieron sudar tan temprano. Nos fotografiamos en un par de ocasiones pues ese rincón no podía quedar en el olvido.



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Acabado el tramo técnico tuvimos que subir unos caminos, cuya pendiente nos hizo cara y nos enseñó los dientes, pero esas pistas arenosas y amordazantes no conocían nuestra obstinación y decisión a la hora de batallar con todo tipo de cuestas. Fuimos subiendo ante la atenta mirada del volcán La Corona. Algunos descansos nos dejaban contemplar curiosos parrales, parcelas cultivadas con papas que rompían la monotonía cromática con el refrescante verde de sus hojas y el sedoso blanco de sus flores. Un escarabajo amigo, nos confesó un secreto y le aupamos a un muro donde poder acceder al tallo de una incipiente cucurbitácea que le daría sombra y tal vez sustento.  Así fuimos subiendo y bajando hasta llegar a Ye, un bonito pueblo.


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¡El mirador del Río, qué impresionante lugar! Las vistas nos dejaron embelesados, los segundos eran eternos, no podíamos dejar de observar el Río y la isla de La Graciosa, donde hicimos un ejercicio de reconocimiento topográfico de la ruta del día anterior, aprovechando nuestra situación tan elevada. El mar estaba en calma y las estelas de las embarcaciones cosían la superficie creando un lienzo irrepetible. A nuestros pies y a más de cuatrocientos metros de altura estaban las salinas. Hubo que hacer una batería de fotografías. Rodamos por una de las terrazas que daban al acantilado, era una sensación de extraño vértigo, pues no había ningún riesgo pero el efecto óptico mandaba sobre cualquier otro de nuestros sentidos. Las aves marinas planeaban incesantemente, jugando con las corrientes de aire.
Tras un rápido descenso por una carretera que iba bordeando el risco de Famara, volvimos a hundir nuestras ruedas en la negruzca arena volcánica. Al ver la cuesta que había que subir nos dio la risa y a sabiendas que era una hazaña imposible intentamos una y otra vez subirla sin poner los pies en tierra, pero claro, fue imposible, aquella pendiente tapizada de espesa arena, sólo tenía una forma de ser acometida, andando. Franqueada aquella preciosidad, llegamos al cruce de Guinate, allí pude leer un cartel que marcaba unos pocos kilómetros hasta Haría, lugar en el que nos esperaba un refrigerio y un sello más para nuestro libro de ruta. Sin esperar a mi compañero, me enrosqué sobre el cuadro de la bicicleta y comenzó un vertiginoso descenso con las blancas casas de Maguez al frente.



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Cuando llegué al punto más bajo giré la cabeza y la soledad me dio un bofetón. Dani no estaba. Pensé que podría haber tenido una caída pues visualmente había un gran trecho y no le veía por ninguna parte, así que opté por llamarle por teléfono para saber  su paradero. Tuve que deshacer la bajada y subir un par de kilómetros hasta llegar al cruce en el que Pela69 estaba muerto de risa esperándome. Me dejé llevar por el ansia de llegar y no hice caso a los chiflidos y voces que me estaban dando a mi espalda, para que corrigiera mi trayectoria, pero el viento aparente me ensordeció completamente.



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Desde Guinate hasta la montaña del Gallo fuimos subiendo por un quebrado camino que estaba flanqueado por podencos y cazadores. Era día de caza y los escopetazos no dejaban de zurrir a ambos lados de la ruta. Nos cruzamos con los dos primeros ciclistas de montaña de nuestro periplo. Iban en sentido contrario al nuestro, nos saludamos y seguimos apretando los riñones hasta culminar la cima del Gallo. Allí las vistas eran tan bellas como en el mirador del Río, era un hipnótico placer el estar allí arriba viendo el paisaje. Como por arte de magia nos vimos derrapando, guardando el equilibrio en curvas cerradas, soltando frenos y haciendo que la velocidad inyectara nuestros ojos en cada detalle del terreno, llegando incluso a saltar por encima de piedras amontonadas. No pudiendo retener las monturas debido a la pendiente y al terreno suelto, había que dejar fluir las bicicletas por aquel tramo. Era impensable para mi verme bajar por aquel sitio de aquella manera tan endiablada. Algunas curvas se presumían fáciles y optábamos por el campo a través, atropellando todo lo que se interpusiera en nuestro camino. Cuando nos detuvimos al final de semejante descenso, no dejábamos de reírnos y de alabar aquel momento tan loco y a la vez tan genial. Qué forma de llegar a Haría, mejor imposible.



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Refresco, emparedado de pollo con ensalada y sello en el libro de ruta. Todo ello bajo la deliciosa sombra de ficus centenarios y palmeras exultantes llenas de dátiles. Hasta los gorriones entonaban una histriónica melodía para que nuestro paso por aquel vergel fuese bonito. Con las mochilas nuevamente a la espalda, volvimos a nuestra dura realidad, los caminos volcánicos. Fuimos subiendo y bajando por terrenos que alternaban pequeñas parcelas cultivadas y barrancos insulsos. Parecía que íbamos cuesta abajo pero era la perfecta definición del falso llano, no dejábamos de dar pedales. Las tuneras se convirtieron en nuestras mejores amigas en aquellos parajes hasta que el rumoroso asfalto volvió a engullirnos.



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Como los antiguos metros de los carpinteros, así se veía la carretera desde abajo. Angulosa y desordenada. Yo advertí a Dani y le dije que ahorrara esfuerzos y justo al acabar de pronunciar la última sílaba se me fueron las piernas detrás de los pedales y bajando algún piñón y con el plato mediano bien sujeto, inicié una subida enérgica apretando los puños con rabia y pedaleando a ritmo de galeras. No era de extrañar mi reacción, en la cumbre había un par de bolas (radares meteorológicos y de aviación civil) como la de mi sierra de La Pila. Estaba claro que la cabra siempre tira al monte, yo veía unas bolas encumbrando y no pude actuar de otra manera. No pude resistir la tentación. A la ermita de las Nieves llegamos juntos y satisfechos de nosotros mismos, el trayecto hasta ese punto no era nada cómodo y lo peor de la jornada ya había pasado, o por lo menos eso pensábamos.



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Asomados al mirador de la ermita de las Nieves veíamos la parte sur del macizo de Famara y la playa del pueblo. Allí estaba el punto final de nuestra etapa. Pero curiosamente, el GPS nos marcaba muchos más kilómetros para el final de los que podíamos creer viendo tan cerca la playa. Todavía teníamos que ir a ver al “Cejas” a su cafetería para que nos sellara el librito. Bajando una cómoda pista vimos una de las muchas señales repartidas por toda la ruta de Pedales de Lava, que nos decía que había que girar a la derecha. El camino se convertía en un tobogán gigantesco de tierra y piedras sueltas, con escalones que escondían sus verdaderas intenciones. Dani bajó primero, él llegó hasta la mitad, más o menos unos cincuenta metros y yo decidí apearme unos metros antes. Aquello era peligroso, una caída podía haberse convertido en algo muy lamentable. Si nos hubiésemos dejado caer por la ladera del Valle Vega de San José hubiésemos caído en un hoyo de arcilla en el que curiosamente había un bike wood park  abandonado, pero en su día seguro que tuvo que hacer las delicias de los más atrevidos. En sentido contrario al nuestro y también con la bici al hombro nos cruzamos con un fibroso ciclista danés, con el que tuvimos una simpática charla en inglés. En la base de aquella trialerona, vimos lo que bautizamos como “El Llanto”. Una serie de empinadas rampas armadas de arena hasta los dientes, aquello era el uno por ciento de la ruta que no era ciclable.  La obstinación, durante todo el viaje fue la gasolina que movía nuestras piernas, así fue como de manera aguerrida intentamos una y otra vez subir por aquellas rampas para intentar reducir ese uno por ciento no apto para ciclistas y si para montañeros alpinos. A la izquierda de nuestro camino pudimos ver que aquel lugar era la antesala del báratro, había cadáveres de ganado que mostraban sus blanquecinas quijadas envueltas en zamarras desmadejadas y acartonadas. Subir arrastrando la bici fue toda una proeza, las suelas de nuestros calzados quedaron malparadas y los riñones tampoco quedaron indiferentes ante semejante cambio de tracción.



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Para llegar a Teguise, nuevamente soltamos las riendas y fuimos fluyendo por pedregales y resaltos que nos hicieron pasar otro buen rato. Hubo momentos en aquella bajada en los que no sabía ni lo que tenía delante, el traqueteo era tal, que mi astigmatismo, el sudor en las gafas y el camino sembrado de piedras y baches, hacían que no viese nada delante del manillar. Mi fe en la Ghost fue recompensada, no hubo ninguna pérdida de control, aquella fierecilla se amoldaba a cualquier tipo de terreno, ¡qué bien!.
Gente por todas partes, era día de mercado en la colonial Teguise marcada por la huella de César Manrique.  Una jungla de tenderetes, de curiosos, de turistas y de lugareños haciendo sus compras fueron la dificultad añadida para poder encontrar nuestra próxima parada en aquel batiburrillo de callejuelas y plazuelas escalonadas. Siguiendo las indicaciones del aparatito, mi murcianico me llevó a la primera  al punto de control y avituallamiento. Había que reponer agua y de paso comer alguna barrita y algo de fruta. Nuestra estancia en aquel punto fue breve, teníamos ganas de volver a mezclarnos entre el gentío y sentir ese ambiente tan especial que se respiraba esa mañana.



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Para salir del pueblo dirección al rizadero que nos escupiría a la misma playa de Famara, elegimos unas lindas calles encaladas de cuyos muros asomaban curiosas palmeras que con la brisa movían sus ramas como si quisieran saludarnos y desearnos suerte en nuestra empresa deportiva.
No hubo articulación de mi cuerpo que no se quejara de aquel traqueteo incesante, ni siquiera los márgenes de la pista se escapaban a semejante tortura. Los cerebros se agitaban sin saber lo que pasaba, los ojos botaban en su cuencas sin saber donde mirar, las manos apenas las sentíamos, las únicas que iban relajadas eran las suspensiones de nuestras bicis. Se hizo larga aquella bajada. Veíamos el mar y nos refrescaba los ánimos.
Entre surferos y bañistas fuimos soltando piernas hasta llegar a nuestro alojamiento. Después de estamparnos el sello en Famara Power, nos preparamos para arremeter contra unas buenas papas arrugás y otras delicias típicas. La jornada fue extenuante. Según nos dijeron las gentes de Famara, habíamos sido los primeros en llegar tan temprano, nadie nos esperaba a esas horas. Acabado un breve paseo por la playa nos acostamos buscando sosiego y descanso.

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