Tiempo hace que leí a don Miguel, el de las letras cautivas, mucho más desde que pasé la última hoja de cualquiera de sus obras que han pasado por mis manos y se han quedado a vivir en mi biblioteca. Hoy cierro otro capítulo, pero esta vez no lleva ni el sello ni la rúbrica cervantina, en esta ocasión lleva la huella de mis ruedas, incrustada en el polvo de los caminos, fugaz y efímera, como el pasar del tiempo. Huellas que se hunden a la par de las que dejó Rocinante cuando cabalgó esos predios manchegos en busca de aventuras montado por el caballero de la triste figura.
No quiero imaginar cuan largo se me hubiera hecho el deambular desde mi Murcia huertana hasta la Herencia manchega, si en vez de pisar un acelerador hubiese tenido que tirar de unas riendas de cuero.
El paño infinito de la noche, salpicado de estrellas y de luna, ha sido el testigo de mi primera noche, en la que velando no mis armas sino mis ropajes y montura, he pasado entre viñedos de blancas uvas, plantados en tan fértil y rojiza tierra. Como regalo, un concierto de grillos y otros bichos noctámbulos, que han hecho dulce y almibarado mi descanso con su bucólica música. Con esa pastoril serenata me mezo en mi lecho hasta el alba, tapándome con el manto de la ilusión, aguardando un nuevo amanecer que me depara nuevos amigos y muchas piedras en el camino.
El frescor de la mañana eriza nuestra piel y nada mejor que un café, tostadas crujientes con abundante oro líquido virgen extra y unos minutos de recogimiento ante la mesa. Poco dura este jocoso y litúrgico momento, comienzan a llegar zagalones que aparcan sus bicicletas contra la fachada del bar. Sin zarandajas nos presentamos, tentamos las manos en fuertes apretones y hacemos la primera foto de grupo. A nuestras espaldas queda el pueblo y ante nosotros la mañana de un nuevo día.
Sábado, 11 de septiembre.
Un rayo de luz hace que guiñe mi ojo izquierdo, y no sé si lo habré visto bien o habrá sido producto de mi imaginación, pero el Don Quijote de negra chapa ensalzado sobre el blanco y el añil de un mamposteado, que da las bienvenidas y las despedidas en el pueblo, me ha sonreído pícaramente. Quizás sea que hemos coincidido en algún capítulo de los de caballerías o en los de gitanas romanceras y amores a filo de navaja. Si digo lo que pienso tal vez se me tome por lunático, por fantástico, pero creo que le ha gustado al de Quijada mi lampiña barbita, a la que he dejado brotar desordenada y a su aire para sentirme bien vestido, a la usanza del legendario caballero. No todos los días se pueden seguir los pasos del más ilustre e internacional de los españoles.
Al frente unos cabezos reciben el nombre de Sierra de la Sevillana, a mi derecha e izquierda más próximas, campos cuajados de vides en plena vendimia, rebosantes de racimos de uvas, dulces, llenas de sol, dispuestas a postrarse a los pies del vinatero y prestas para esconderse en las gargantas de los hombres. Están ordenadas, con los sarmientos llenos de brillantes hojas que con su verde hacen palidecer de envidia a los pinos más cercanos. Este camino, el de los Pozos del Agua se llena de olivos, frondosos y cargados de fruto. Vamos por un ancho camino que va adquiriendo un tinte de subida, que hace ir templando el ánimo a los jinetes. La clave de tanto éxito es la tierra que les da la vida. No se parecen estos campos a los que frecuento habitualmente, ir pedaleando entre tanta novedad hace que me deje imbuir por el paisaje y haga poco caso a mis guías. La magia de estos viajes comienza cuando todos y cada uno de mis poros se llenan de colores desconocidos, de panorámicas inimitables e irrepetibles, de luces nuevas, de olores a terruño recién labrado por los que me anteceden, de sensaciones jamás soñadas, de ir en resumidas cuentas maravillado y sintiéndome parte del todo que me rodea.
A golpe de plato grande veo una extraña construcción entre unos pinos achaparrados. Conforme vamos acercándonos puedo distinguir una zona de recreo con sus mesas de madera, asientos por todas partes y lo que parecen dos ermitas, pero algo hay entre ambas construcciones eclesiásticas que me desconcierta. Veo una gran copa color cemento mojado pero no logro discernir de qué se trata. Se trata de un oratorio con una fuente que está entre San Isidro y la Virgen de la Cabeza.
De forma inesperada me veo frente a la venta de Puerto Lápice, me apuntan mis correligionarios que en esa venta fue donde nombraron caballero al hidalgo y donde le sucedieron otras tantas aventuras. Es un salto en el tiempo, me veo junto al Don saludando en su primer viaje a las dos mujeres de mundo a las que halagó por su empaque y hermosura en su primera parada en el principio de su andadura. Apenas he dado unas pedaladas y descubro que este pueblo es lo que algunos podrían definir como una “localidad temática”, todo está relacionado con el Quijote, todo está en perfecto estado de pulcritud. Calles, fachadas, fuentes, parques y hasta incluso la gente, me dan la impresión de que pasean figurantes en vez de habitantes. Un rincón precioso, otra perla más de nuestra piel de toro que guarda tesoros inconfesables, únicamente desenterrables, si se visita a pie y sin prisa. Adentrándonos por algunos callejones, el azul añil y el blanco puro cubren viejos portalones de madera, algunos retorcidos por el paso del tiempo, otros en cambio recién anclados a sus tabiques.
Horus y sus bandidos se desviven contándome las bondades del lugar, advirtiéndome de que en pocos minutos el dulce pasear entre campos de labor se acaba, hay que subir a los molinos de Puerto Lápice y para ello hay que enfrentarse a una senda con tintes de trialera que demanda un buen manejo del pedalier y del manillar. Entre unos matorrales y unos pinos achaparrados comenzamos el ascenso. Las liebres de la comitiva sueltan freno y como buenos y aguerridos ciclistas ajustician todos y cada uno de los metros que distan hasta el alto de los molinos. Los más normalitos también le enseñamos los dientes y subimos por ese empedrado y escalonado retuerto. Este tipo de subida es de las que a diario castigo con mi rueda trasera, ahora me siento un poco más cerca de mis sierras del Valle de Ricote. Unas gotas de sudor perlan mi frente, son las primeras del día. Una vez arriba me quedo con la boca abierta. Los molinos. Magníficas obras de arquitectura agraria, joyas paisajísticas, primos lejanos de los de las tierras bajas pero sin aristas. Emerge una energía en ese cerrillo que no se puede describir, los vigías de la ancha Castilla se yerguen inhiestos a la espera de que los vientos muevan sus brazos y tronchen con sus muelas el grano. Un leve vientecillo refresca mi piel y para la transpiración. No sé si mi corazón late tan rápido por el esfuerzo de la senda empinada o por la emoción de verme junto a los molinos oteando tierras manchegas. Pero como todo es efímero en esta vida, una de las liebres dice aquello de: “aquí siempre hay una bajada después de cada subida”.
Después de unas fotos, nos dejamos caer endiabladamente cicatrizando la finca Don Luis. El paisaje se va tornando más montañoso, me comentan que hay picos que superan los mil metros sobre el nivel del mar, no puedo dejar de recordar mi pico de La Pila con sus 1.265 m.s.n.m. Algunas curvas son divertidas, requieren un poco de atención. Al acabar esta culebrilla pedregosa llegamos a la cadena en la que nos encontramos al “reactor”. Antonio Mora, parece que estuviera esperándonos bajo una de las encinas de ese rincón. No tarda más que Google en reconocerme, eso es una caricia en mi ego, la fama del Sincrolador ha llegado a límites insospechables, jajaja… no puedo dejar de sonreír. Antonio opta por acompañarnos a pesar de que hacia el medio día tiene que regresar para realizar unas mediciones, y lo primero es lo primero. Pero sin saberlo van a ser muchos los kilómetros que nos va a acompañar.
El camino de Valdezarza nos catapulta hacia la subida al “Tuerto”. Consiste en llegar a un punto en el que el camino se acaba y hay que dar media vuelta. Esta antesala serrana la utilizan para tomar un bocado y a veces para chupar un poco de sal minera. Si hago en cualquiera de mis salidas una maniobra tan curiosa no tardarían en excomulgarme, pero a mi no me importa subir para luego bajar, es mas… subiría para seguir subiendo. Como dice el refrán: “donde fueres, haz lo que vieres”, saco de mi mochila unos trozos de pan de higo y melocotón con almendras machacadas y no tardo ni cinco segundos en tener el paladar cubierto de semejantes albricias.
Si después de cada subida hay una bajada, imagino que después de cada bajada habrá una subida. Efectivamente no me equivoco, vamos camino a la Capitana, pero el peaje para entrar en ella es subir un empinado tramo de tierra suelta y mucha piedra que hace resbalar las cubiertas más taqueadas. Yo sé el secreto para triunfar en esos momentos: apretar hasta el último músculo de mi cuerpo y pedalear como alma que lleva el diablo, todo ello con la suspensión de mi borrico a medio gas. Mi negrita se come los caminejos de esa calaña para desayunar. Una vez arriba, la satisfacción del deber cumplido se esfuma al ver lo majestuoso de nuestro nuevo camino, un cortafuegos. Menudas ondulaciones, qué peralte. Divertido pedaleo rodeado de tan buena gente, no se puede pedir más para un pistero como yo.
Antonio Mora, sin avisar saca de la mochila un Sincrolador en fase de prueba y en pocos segundos se convierte en un puntito en la lontananza. Horus sabe como sacar brillo a los eslabones de su cadena y yo algo cansando del repecho inicial me convierto en la sombra de Miguel Ángel. La procesión viene penando tras de nuestra estela, pero en escasos suspiros estamos todos otra vez compactos en una grupeta de lo más atractiva.
Una zona de antiguas colmenas da pie a conversaciones sobre la importancia de tan maravillosos insectos y su valor polinizador a cualquier escala en el mundo de la agricultura. Seguimos subiendo, no hacemos paradas porque la mañana se presenta soleada y los rayos de Helios dentro de unas horas caerán como la espada de Damocles sobre nuestras cabezas, su perpendicularidad será abrasiva para nuestros pellejos delicados. Seguimos subiendo y a mi izquierda observo un curioso estancamiento de agua. El Cenicero es el nombre que recibe esa parada de aguas de montaña. No está en su mejor momento pero seguro que la fauna de esos lares sabe agradecer que no esté seco. Esta subida también tiene trampa, los galgos vuelven a volar, me siento en la necesidad de incrementar el ritmo pero decido moderarme pues llevo un buen rato sufriendo nuevamente dolores en mi pie izquierdo. Una desafortunada actuación laboral me ha vuelto a llevar de la mano al mundo del dolor, mi pie necesita ser revisado, las sensaciones son idénticas a las que tenía antes de la cirugía. Pero bueno, este no es lugar para penas, es lugar para narrar y dejar volar la imaginación a la hora de recordar jornadas de deporte y compañerismo.

Nunca había visto cardos tan rubios ni tan abundantes, junto a unas balas de paja se vuelve a acabar el camino, cuando escucho que hemos de bajar por el mismo sitio no me he podido reprimir, he tenido que preguntar si todas las subidas acababan así. Menos mal que la ruta es circular, que el único sentido de esos “tuertos” es el de hacer algo más durilla la jornada. Pero en defensa de los caminos inacabados he de decir que las vistas bien valen subir las veces que sea necesario, es una preciosidad allá donde se mire. Bajando, Antonio me ha acompañado, y alentado en los últimos repechos, sacándole un poco de brillo a los bujes y quitándole la cáscara a mis gemelos.
A buen ritmo seguimos por los caminos a lomos de nuestros rocines, los márgenes son más abruptos, la sierra ya es más espesa el biotopo se hace más complejo. Tanto es así que llegamos a un nacimiento de agua. Los lugareños la bautizaron como la fuente de El Umbriol. Varios caños sujetos por grifos son los que riegan el pilón. Hay toda una nube de avispas que a buen seguro están recogiendo barrillo para formar sus avisperos en alguna rama dispuesta a soportar a tales inquilinos. No son agresivas, tienen lo que buscan y no piensan más allá de hacer su argamasa ecológica. Además de reponer nuestras reservas de agua, descansamos unos minutos, los justos para echarnos al coleto unas pasas y unos dátiles, otros prefieren esos potingues ocultos en envoltorios plásticos revestidos con muchos colorines, pero para mi gusto prefiero hacer acopio de productos naturales que sabiamente la naturaleza ha dotado de azúcares y todo lo necesario para que nuestros cuerpos puedan ejercer la actividad que deseen sin sufrir déficits. El destino nos tiene prevista una aventurilla digna de las que nuestro ingenioso hidalgo iba resolviendo por su imaginario mundo.
Tres: uno, dos y tres zánganos. Uno de ellos, el más alto, desgarbado y ensacado en un chándal de la época de Butragueño, con la cara llena de espinillas adolescentes y con la mirada perdida, de semblante tontuno. Otro, más parecido al primero pero algo más retaco. Y el tercero, ¡ay! el tercero… vestido de luto riguroso, casco de ciclista, guantes cortos y melenilla de golfillo. Los tres tienen arrumbadas unas bicicletas junto a la fuente en la que los sorprendemos tirando piedras a las garrafas de plástico que algunos muy indignamente han abandonado porque se les han roto o porque no les cabían en el coche. A los avisos de viva voz para que abandonasen la actitud de romper más aún si cabe las garrafas y ensuciar más el entorno de la fuente, no hacen mucho caso, incluso el rubillo se gira y hace una réplica con descaro y gallardía huidiza. Al ver que paramos todos frente a ellos, deponen su actitud y se alejan unos metros a beber una litrona y a acabar unos bocadillos. Claro está que el orgullo de los tres está maltrecho, pero el del guapete de cara está muy herido y decide enfundarse en la poca vergüenza y en el descaro y comienza a apedrear la botella de cristal de la cerveza. No podemos dejar que rompan la botella en nuestra presencia, Miguel Ángel se dirige a ellos y con la seriedad de un hombre, les explica que si no deponen su tiro al vidrio se las verán con él.
Los patizambos se miran y cuchicheando se apartan un poco, pero el líder de la manada de hienas, porque eso es lo que parecen, se encara al estilo gallito. Nuestro gigante opta por dejarlo por imposible y asir la botella con su enguantada mano y llevársela del lugar para esconderla en algún punto en el que a la vuelta poder encontrar y tirarla donde corresponde. Creo que Don Quijote hubiera puesto su lanza en ristre y hubiese arrasado a los tres sarracenos que portaban un bálsamo maldito que embrujaría a su bella Señora Dulcinea si bebía de aquella fuente de aguas cristalinas y frescas.
El cruce de Cuatro Caminos es nuestro próximo punto de referencia. A esos mil metros de altura el GPS marca el ecuador de la etapa. Justo llegando al cruce una joven cervatilla cruza sigilosamente frente a nosotros. Silenciosa y de trote fuerte, hermoso animal. Los que van rezagados tienen más suerte, se tropiezan con un imponente macho astado. Es tema de conversación durante un rato. Las perdices que hemos levantado a primeras horas no han sido tan alabadas pero a mi siempre me encanta verlas correr por los campos y escuchar el batir de sus alas al levantar el vuelo mostrando el rojizo de sus pechugas. Nos quedamos sin un par de compañeros, los dos aviones supersónicos deben regresar a casa y pliegan su ruta en ese punto, nosotros continuamos por una larga y rápida bajada, dejando que las horquillas y bieletas se ganen el sueldo. Hay momentos de esa bajada en la que casi se me salen los ojos de las órbitas, me niego a tocar freno, necesito sentir la velocidad y lo accidentado del terreno.
Culebreando por esas tierras de Dios llegamos a una antigua casa forestal, que hoy día está remozada y destinada a dar albergue a todos aquellos que quieren disfrutar de esos parajes tan especiales. Llevo mi mente saturada, son casi incontables los rincones forestales que me han hecho recrear la mirada. Zonas de olivos, zonas de viñedos, pinares replantados y pinares silvestres. La orografía tan impresionante, el fondo de vista lleno de montañas esperando ser conquistadas por nuestras ruedas. Los colores son diferentes, se podría pintar un bodegón a cada curva, a cada golpe de vista, es una mañana muy bonita la que estoy disfrutando. También es cierto que los de Herencia no dejan de dar explicaciones de todo y en especial Miguel Ángel, y hacen que todo sea mucho más fácil y comprensible. Cuando vas por un lugar y de manera simultánea te cuentan su historia, la ruta adquiere un plus impagable. Así me siento desde que arranqué esta mañana, en deuda, que capricho de aventura.
Entre chicharras pedaleo muy arropado pero hay un bicho que no acierto a descubrir, es un bichillo que chirría de una manera extraña y además creo que nos va siguiendo. Afino el oído y me doy cuenta de que una de las monturas tiene la cadena más seca que la mojama de San Lúcar de Barrameda. El licenciado en ciencias químicas no sabe que la cadena hay que lubricarla y mantenerla óptima para el pedaleo. Le hago el alto al más puro estilo benemérito y sacando de mi mochila una pócima ungüentada con teflón le dejo la bicicleta más suave que un guante de piel de conejo. Ahora da gusto escuchar a las chicharras. Pero la maldición está servida, ahora creo que estoy escuchando una culebrilla silbando, miro a mi alrededor y veo que el bueno de Horus ha pinchado. Le recrimino lo tacaño del arreglo que en su día le hizo a la cubierta delantera y con unas carcajadas y las ganas de darme un buen pescozón, seguimos bajando por un pedregal inacabable que me lleva disfrutando de la suspensión de mi borrico.
Valle de la Galana es lo que se puede leer en una señal, también leo que alguien practicó su puntería disparando contra ella. Nunca faltan tontos en este mundo.
Un carreterín como le llaman por estas tierras nos va a devolver al cruce de Cuatro Caminos pero desde otra dirección. Ahora toca rodar por el asfalto. Ismael que ha ido durante toda la mañana tirando de nosotros, sigue en la misma actitud, se aferra al manillar y con el plato grande bien calentito comienza a dar zancadas de gigante. Horus le sigue y yo que soy más tonto que una mosca en invierno me uno a la comitiva. Son siete kilómetros los que nos esperan. El tramo pica un poco hacia arriba, a simple vista parece llano pero las piernas dicen que no, que aquello sube, poco a poco pero va subiendo. De momento el silencio es tan espeso que apenas se escucha el crepitar de las cubiertas en el negro y rugoso asfalto infame y las respiraciones contenidas. El espíritu del carretero se adueña de nuestras mentes. Horus diplomado en zorrería se descuelga una chispa y en cuanto volvemos a hoyar la tierra con nuestras ruedas, opta por salir disparado sin pedir permiso, necesita inundar sus venas con esa adictiva adrenalina que todos gozamos consumiendo. Sus gemelos se convierten en dos martillos piloneros, su ritmo parece el de la fragua de Vulcano, yo intento darle caza pero en cuanto escucha mis rítmicas pedaladas tras de sí, imprime un ritmo satánico, creo que hasta incluso herético y se convierte en un punto blanco en el horizonte. Mi testarudez me impide parar, sigo subiendo la frecuencia de mi pedaleo y pensando que ya lo alcanzaré, seguro que se cansa.

Pero no, no se cansa, al llegar al cruce se detiene para esperarnos a todos. A la zaga Toni, Helen y el Químico llegan con los rostros algo macerados por el sol, el polvo del camino y el esfuerzo, que a estas horas del día han mellado nuestras energías. Pero en esta cuerda de presos no hay cobardes ni tampoco inocentes, nadie se amilana por unos kilómetros de más ni por cuatro cuestas de pacotilla, la madera del grupo es de puro roble. Llevamos toda la mañana aferrados a los manillares, con la mirada al frente y una sonrisa perpetua dispuesta a regalársela a cualquiera que se cruce con nosotros.
Pero no, no se cansa, al llegar al cruce se detiene para esperarnos a todos. A la zaga Toni, Helen y el Químico llegan con los rostros algo macerados por el sol, el polvo del camino y el esfuerzo, que a estas horas del día han mellado nuestras energías. Pero en esta cuerda de presos no hay cobardes ni tampoco inocentes, nadie se amilana por unos kilómetros de más ni por cuatro cuestas de pacotilla, la madera del grupo es de puro roble. Llevamos toda la mañana aferrados a los manillares, con la mirada al frente y una sonrisa perpetua dispuesta a regalársela a cualquiera que se cruce con nosotros.
Una vez en el cruce de Cuatro Caminos comienza el declive matinal. Ya hemos pasado el medio día, el astro rey anda buscando al atardecer y así poder descansar. No sé porqué pero los regresos siempre son más cortos, no en distancia pero si en sensaciones. El cicerone ha optado por hacer unos recortes, el ritmo no ha sido todo lo enérgico que se preveía al inicio. No se trata de llegar a las tantas de la tarde, más vale llegar a tiempo y sentarnos a la mesa a seguir gozando del fin de semana.
La fuente de El Umbriol nos vuelve a refrescar los gaznates, en esta ocasión no hay entuertos que desfacer, nos encontramos unos amables lugareños aprovisionándose de agua en los varios caños. Cortesía es la que se aprecia en el ambiente, nos ceden los grifos para que nuestras bolsas de hidratación y bidones se vuelvan a humedecer, pues desde hace un rato no tienen más que telarañas.
Con agua fresca las cosas se ven mejor, el ritmo se incrementa, creo que todos estamos oliendo las gachas, oliendo el pan crujiente recién cortado sobre la mesa, aunque otros sueñan con las chispeantes burbujitas de la espuma de una fresca y deliciosa cerveza. Las inquietudes ya no son descubridoras sino gastronómicas, no dejo de pensar como serán las gachas manchegas, nunca las he probado y desde que conocí a Toni no dejo de oír hablar de ellas y hoy las voy a bautizar con unos buenos picatostes embebidos en aceite de oliva.
A mi izquierda puedo ver el cerrillo en el que están, siempre vigilantes, los molinos de Puerto Lápice. Entramos por el pueblo y callejeamos caprichosamente por sus rincones. Un pueblo que además de bello, pintoresco y quijotesco, está muy limpio, da gusto ver esas fachadas tan aseadas, tan cuidadas y las calles listas para pasar revista. La vida inunda algunos portalones en los que se pueden comprar todo tipo de manjares típicos de la zona y a buen seguro una infinidad de souvenirs relacionados con el cautivo y su obra.
El postre en este pastel no es una guinda, no, sino un racimito de esas ambarinas perlas que nos hemos tropezado durante gran parte de nuestro periplo. Los lugareños aparcan sus bicicletas y con delicado tacto arrancan unos pequeños racimos. Después de tanto polvo, saliva seca y dulces energéticos, el poder saborear esos granos, es un lujo no descrito en ninguna obra de las de caballería. La pulpa es como terciopelo que juguetea con la lengua y las mejillas, su jugo es el licor del sol, y su piel y semillas un detalle que aumentan el valor de esa tan deliciosa carne tierna y refrescante. Es una pena que las cepas no den quesos, con lo que a mi me gustan los lácteos curados, seguro que me hubiera tirado de cabeza y con la boca abierta a una de esas viñas queseras si por algún encanto las hubiera.
Sin saberlo ni tenerlo previsto, al volver a la sombra de La Sevillana, se escucha de forma ametralladora un pequeño clic, son los desviadores que han pasado a plato grande. Nadie se mira, nadie dice nada, las cabezas se agachan un poquito y las miradas se fijan al frente como si girar la cabeza fuese humillante. Se tensan los cuerpos y las cadenas comienzan a decaer, casi hasta llegar al cierre, a la puntera de la vaina. No suelo usar cuenta kilómetros pero imagino que nuestro ritmo está aumentando por segundos. Las piernas adquieren vida propia, mi mente se queda en blanco y me centro en respirar y controlar con el rabillo del ojo la rueda de mi izquierda.

Así pasan los minutos y la Santa Compaña se apodera de nuestras almas, nadie decae, el ritmo no se estabiliza, sigue aumentando, la nube de polvo ha de ser semejante a la que levante un buen rebaño. Se han acabado los comentarios, las palabras están prohibidas, no hay más comunicación que la visual. Estoy cansado, los muslos algo hinchados, el estómago más vacío que un confesionario, pero no puedo deshincharme, tengo que seguir hasta que los lugareños den por acabado el arrebato. Estos tíos me están haciendo pagar caro mi viaje, tengo el sincrolador al rojo vivo. A lo lejos veo los tejados de Herencia, y eso, de forma unánime hace que sin mediar palabra comencemos a pulsar nuestros cambios y obligar a las cadenas a desterrar el infierno de los piñones desdentados para ir al cielo del plato mediano. Las piernas dejan de centrifugar y bajan los kilowatios al mínimo razonable. El silencio se rompe al ver que hay parte del grupo que no se ha sumido a la estampida, las palabras vuelven a estar entre nosotros. Ya era hora, aunque mi corazón todavía no había subido a límites preocupantes el resto de mi cuerpo y sobre todo mi cordura me estaban preguntando por la hora de cierre.
Así pasan los minutos y la Santa Compaña se apodera de nuestras almas, nadie decae, el ritmo no se estabiliza, sigue aumentando, la nube de polvo ha de ser semejante a la que levante un buen rebaño. Se han acabado los comentarios, las palabras están prohibidas, no hay más comunicación que la visual. Estoy cansado, los muslos algo hinchados, el estómago más vacío que un confesionario, pero no puedo deshincharme, tengo que seguir hasta que los lugareños den por acabado el arrebato. Estos tíos me están haciendo pagar caro mi viaje, tengo el sincrolador al rojo vivo. A lo lejos veo los tejados de Herencia, y eso, de forma unánime hace que sin mediar palabra comencemos a pulsar nuestros cambios y obligar a las cadenas a desterrar el infierno de los piñones desdentados para ir al cielo del plato mediano. Las piernas dejan de centrifugar y bajan los kilowatios al mínimo razonable. El silencio se rompe al ver que hay parte del grupo que no se ha sumido a la estampida, las palabras vuelven a estar entre nosotros. Ya era hora, aunque mi corazón todavía no había subido a límites preocupantes el resto de mi cuerpo y sobre todo mi cordura me estaban preguntando por la hora de cierre.
Agrupaditos y sonrientes volvemos a manchar las calles del pueblo con la tierra secuestrada por nuestras ruedas. Estoy sintiendo como cae el agua de la ducha sobre mi cabeza, como dejo de oler a jabalí y me transformo en persona. Por hoy he tenido bastante, mis piernas están hastiadas, sueñan con sentarse, con no moverse, con dar soporte a mi cuerpo a la hora de comer y vigilar el resto de mi ser a la hora de la siesta.
Nos diluimos por las esquinas y cada mochuelo se retira a su olivo. En breve nos volveremos a conjurar para dar paso a otra aventura, en este caso gastronómica. Aquí no voy a dar detalles, quien quiera saber a que saben los manjares de Herencia ya sabe lo que tiene que hacer, pedir audiencia y viajar a tierras manchegas. Sin buscar ser pretencioso os puedo decir que el rato de yantar ha sido casi tan exhaustivo como el de pedalear.
Con unos buenos cafés, sin copa, damos por finalizada la ruta de un sábado once de septiembre de dos mil diez.
Domingo, 12 de septiembre.
Otro amanecer, otra bienvenida, otro café, nuevos rostros, más ciclistas. Los primeros reflejos del sol en los ventanales nos guían por las calles del pueblo. Siento el frescor de la mañana, llevo los antebrazos erizados. El cuerpo algo rígido se resiente del atracón de sillín de ayer. Desconozco como se va a desarrollar la etapa del día, ayer pensé que rodaríamos por llano hasta indigestarnos y me encontré que subimos tanto como en cualquier ruta de las que practico. Estos metros urbanos están llenos de pereza, algún bostezo constata que es generalizado el sentimiento. Hay poca conversación, vamos camino al punto de reunión.
Como estrellas fugaces en San Lorenzo van llegando un buen puñado de ciclistas vestidos de verde y amarillo. Las rígidas ganan por goleada, estas liebres están acostumbradas a pedalear rápido y tendido. Estamos todos los que somos. Contra el paredón nos hacemos una foto y ponemos las bielas camino a Consuegra. Veo mucho peligro en los compañeros de hoy, tienen pinta de ser verdaderos bólidos, espero poder seguir su estela cuando despeguen.
Esta mañana si que lo he comprobado, Don Quijote me ha vuelto a guiñar el ojillo y con esa mueca socarrona me ha deseado una buena mañana por sus caminos manchegos. Ya sabía yo que ayer no había tenido ninguna alucinación, el hidalgo se apunta al paseo y nos sigue para darnos protección, tiene miedo de que algún gigante se preste a presentarnos batalla y no sepamos defendernos. Siempre es de agradecer llevar un caballero andante entre el pelotón.
El camino de los pozos y la sierra de la Sevillana hoy me parecen viejos amigos, la estampa de sombras alargadas sobre las rojizas tierras del camino se extienden hasta las verdes hojas del viñedo. Acompañados de nuestras sombras vamos tomando ritmo dirección a Puerto Lápice, con la diferencia de que hoy no vamos a subir a rendir pleitesía a los molinos encalados. En el camino hemos dejado aparcada la posibilidad de subir a la cueva de La Rendija. Me quedo sin pisar el altar de los arcanos artistas que con su arte esquemático dejaron patente el inquietante mundo del arte que desde los albores de la humanidad han ofrecido a modo de ofrenda a sus deidades, a las que pedían para tener una mejor vida, caza abundante y quien sabe cuanto más. Poder pisar el pétreo altar milenario de esa cueva me hace plantearme una nueva visita a la zona. De momento me conformaré con informarme cuando llegue a casa y me sumerja en la pantalla de mi portátil, haré un paseo virtual.
Abandonado Puerto Lápice ponemos la proa de la nave en dirección a Consaburum. En este viaje me elijo un asiento en la parte delantera, junto al guía. Miguel Ángel comienza a ilustrarme de una forma verdaderamente académica sobre la historia de Consuegra, la construcción del Castillo y los acontecimientos más relevantes acaecidos en tierras manchegas en los últimos siglos. No puedo abrir la boca, estoy ensimismado, escuchar a Horus es como el canto de las sirenas, embriagador, hipnótico, no puedo dejar de prestarle atención. El pedaleo aunque a ritmo enérgico pasa a segundo lugar, ahora lo importante es dejar que el lugareño se explique, que desempolve sus horas de lectura, que comparta sus tesoros mejor guardados. Apenas puedo pronunciar monosílabos de aprobación o de ignorante sorpresa agradecida. Los kilómetros vuelan entre olivares interminables que se perfilan a lo lejos por las últimas estivaciones de los Montes de Toledo.
Perdices y conejos son los únicos osados a cruzarse en nuestro camino, parecemos una comitiva arrolladora, una locomotora descontrolada. El suelo cruje de forma característica a nuestro paso. El sol no es capaz de seguirnos, le vamos ganando la mañana, somos más rápidos. Este tipo de ruta pocas veces la he experimentado, auténtico llaneo, caminos de tierra compacta que permiten avanzar mucho sin traqueteos ni repechos. El grupo es compacto, apenas hacemos paradas para reagruparnos.
Delante tenemos el Monte Calderico, con una curiosa y muy típica crestería manchega coronada de molinos de viento y un castillo adusto y sobrio. Imagino que esas elevadas tierras han sido regadas con la sangre de innumerables valientes en refriegas y luchas, adoradores unos de la media luna y de la santa cruz otros.
Al llegar a los pies del Calderico, se debate la disyuntiva sobre que camino elegir para acceder a la cima. La mayoría aboga por el camino más cómodo. A mi me hubiera gustado apretar los riñones por ese camino cicatrizante de tierra y piedra, pero hay que acatar las órdenes del generalato. Tampoco pasa nada, así podré callejear un poco por el pueblo y dejar que me impregne esa esencia tan especial que se respira en estas latitudes. Efectivamente las fachadas de algunas casas hacen que valga la pena desechar la subidita.
Pero claro de alguna manera tendremos que subir y veo que lo vamos a hacer por una tendida cuerda negra asfaltada. Comienzan a posicionarse los zagales de Herencia, los cambios crujen y esa pequeña sinfonía da paso a una fuga. Al instante el horizonte se llena de manchas verde amarillentas, estos tíos en cuanto ven una subida se excitan y no pueden contenerse. La sensatez me dice que guarde mis piernas pues no sé como vamos a regresar, pero creo que no siempre hay que ser sensato y me aferro al manillar y bajo un golpe la cadena y me propongo como primer objetivo dar caza a Ismael y después ya veremos si le mojo la oreja a Vulcano. No sé al final a quien adelanto porque no dejo de mirar al suelo, respirando con fuerza para poder ventilarme bien y rendir lo necesario para llega arriba con el aliento a medias.
No puedo parar, abandono el asfalto, al castillo, a los del Plato Grande, a los turistas, a unos molinos y sigo. Sigo hasta llegar al último molino que corona la crestería. A mis pies un maravilloso paisaje de parcelas multicolores que se pierden en la lejanía, no estoy muy alto pero lo suficiente para sentir que estoy en el techo de la comarca. Me siento pletórico, el conjunto histórico arquitectónico es brutal. Hay un magnetismo mágico e irrefrenable que me aferra al suelo, que me hace tocar todos y cada uno de los molinos, mirarlos con la mirada perdida en el pasado. Difícil describir lo que provoca semejante visión.
Despierto y veo un montón de colores que se mueven un poco más abajo, los compañeros y compañera, están pululando entre los gigantes. Hacen fotografías, observan detalles curiosos, otros hacen estiramientos, otros arreglan pinchazos y los más glotones llenan sus bocas con barritas y otras chucherías energéticas.
Una vez disfrutado el momento, y justo antes de tocar el cornetín de órdenes el toque de retirada, un autobús de turistas japoneses aparca en la explanada. Los comentarios jocosos sobre este tipo de turistas salen de la boca de todos, ametralladamente entre risas y gestos que emulan el uso de una cámara fotográfica. Descienden en tropel del autocar y… efectivamente, comienzan a ametrallarlo todo con los objetivos de sus cámaras digitales. Corretean como hormigas, en todas direcciones, sin orden ni criterio alguno, se mueven por sensaciones, por impulsos. En cuanto nos detectan nos arrojan destellos con sus flashes y todos reímos. Espontáneamente se tiende un puente de cordialidad entre los turistas y los ciclistas. Nos dejamos las cámaras y teléfonos y nos fotografiamos recíprocamente, en esos lances un enjuto hidalgo manchego se ofrece a explicarle a una turista, hija del sol naciente, que los pantalones vaqueros no hay que plancharlos, que se forman unas líneas blancas muy feas imposibles de eliminar una vez marcadas. La señora sólo entiende “plancha” y se ríe buscando la complicidad de sus acompañantes. Nos regalan una foto de grupo y nos dejamos caer hasta el pueblo para acometer la vuelta a casa.
Algo menos de cuarenta kilómetros son los que nos quedan hasta la próxima cerveza fresquita en la terraza del bar “Nueva Herencia”. El itinerario a seguir va a ser el mismo. Eso es peligroso, la mañana se está tornando cálida y los pellejos están recalentándose. Sin abrir la boca todos pensamos lo mismo: cuanto antes lleguemos, antes nos las tomamos y antes nos duchamos.
Por encima de los treinta kilómetros por hora, vamos volando por los caminos. Nadie dice nada, pero todos vamos apretando. Las ruedas no se tocan pero se empujan unas a otras. Los desarrollos van al máximo, no hay más hierro que meter. Los alientos se esconden entre los dientes entrecerrados. Se produce un cisma. Los dos grupos apenas se distancian unos hectómetros. Todo el mundo se ha abandonado a la pasión del pedaleo sin tregua, sin descanso, sin concesiones. No importa que el día de antes nos hubiésemos tragado cien kilómetros, hoy las piernas funcionan a un régimen diferente y quieren alegría. No dejo de escuchar una rueda escarbando a mi diestra, me sirve de combustible extra, eso quiere decir que todavía puedo ir más rápido, así es que sigo mandando órdenes a mis cuádriceps para que muevan los pedales al precio que sea, no importa, hay que correr, hay que devorar el camino, hay que hacer sangrar al tiempo. Este frenesí descontrolado me recuerda otros episodios anteriores, en los que tampoco pudimos controlar la estampida, donde las tibias acabaron llenas de polvo.
La gasolinera de Puerto Lápice es el lugar elegido para esperar al resto del contingente y así de paso revisar las presiones, pues ayer pinchamos en varias ocasiones. Entre kilos por centímetro cuadrado y respiraciones entrecortadas, no nos damos cuenta y los que iban en retaguardia pasan a la vanguardia. A golpe de teléfono móvil se resuelve el esturreo y nos vemos a los pies de La Sevillana. Por hoy ya hemos consumido el brío, regresamos a ritmo pausado, casi de excursionistas, y charlando al tresbolillo vamos viendo como se acercan los tejados de Herencia, el cristo de la iglesia de la Inmaculada Concepción nos sirve como referencia para saber que estamos en casa.
No puedo evitar hacerme una foto con mi amigo Don Quijote y su flaco Rocinante al llegar al pueblo. Me meto en la piel de Sancho y tomo las riendas de la cuasi transparente montura. Acabada esta pose me monto en mi asnillo y a la zaga de mi señor me fotografío sintiendo que el futuro gobernador de ínsulas conquistadas a golpe de lanza y espada, está bajo mi camiseta.
Agradecimientos.
En primer lugar quiero dar las gracias a unos protagonistas que no han montado en bicicleta alguna. Son los familiares de Toni. Padres, hermanos y sobrinillas que han hecho que me sintiera como en mi propia casa. Quienes con su amabilidad y sencillez han suplido el hueco que siempre deja la familia cuando te alejas de ella. Gracias por todas esas frescas cervecillas que Javi se empeñó en hacerme beber. Gracias a la hermana de Toni por manejar la cocina con tanta maestría y cariño pues de lo contrario el tapeo y bocadillos no hubiesen sabido a gloria bendita. Gracias por ser un clan tan maravilloso y cojonudo. GRACIAS FAMILIA LÓPEZ – SERRANO, GRACIAS.
Toni, no te preocupes, que para ti también tengo reservadas algunas palabrejas. Has sido un anfitrión excelente, has intentado contentarnos a todos y eso dice mucho de tu carácter y de tu afabilidad, de tu dedicación plena y del gran reportaje fotográfico, que todo hay que decirlo, has hecho un trabajo encomiable. Gracias Papero, tú sabes todo lo que yo podría escribir aquí sobre ti, así que no me extiendo más. Un abrazo amigo y espero que nos veamos pronto dando guerra por el monte.
Helen, nuestra guiri favorita, nuestra compañera de rutas incansable, infatigable. Quien con su “carbonilla” nos persigue aunque sea hasta las mismísimas puertas del infierno. He podido conocerte más como persona y eso ha sido muy enriquecedor. Eres una mujer de trato agradable, de conversación insuperable y de una humanidad sin límites. No cambies, sigue tu camino y no vuelvas la vista atrás. Ha sido un lujo coincidir contigo en esta aventura. Un beso, guapetona.
Ahora toca el turno a los manchegos. Corto me quedo, difícil tarea, como poder agradecer esa hospitalidad sin límites, esa cordialidad que hacía sentir que nos conocíamos de toda la vida, esa educación desbordante, esa deportividad tan aguerrida, esas explicaciones y ese trato de hermanos mayores. Gracias a todos, en especial a Miguel Ángel y a Ismael pues son con los que más tiempo he pasado. A los demás me resulta difícil nombraros a todos, pero sabed que todos habéis puesto los ladrillos necesarios para construir un fin de semana lleno de amigos que difícilmente podré olvidar con el paso del tiempo. Gracias nenicos, espero poder devolveros algún día la mitad de todo cuanto me habéis regalado y también algunos kilómetros por las montañas murcianas. Amigos del Plato Grande, GRACIAS.
Y por último, he de dar las gracias a los más importantes, a los grandes perdedores: mi familia. A mis hijos que se han quedado sin su “papi” un par de días. A Manuela, que ha tenido que hacerse cargo del timón de nuestra casa y ha tenido que gastar sus días de descanso sola, sin su gruñón favorito. A los que han dejado que pueda disfrutar de mi pasión: la bicicleta y el paisaje. No puedo deciros gracias porque es algo insignificante a la hora de haceros saber cuanto os quiero y agradezco que me dejéis ser “El Sincrolador”.
¡Ah!, me olvidaba. Gracias a todos los que habéis llegado a este reglón, pues gracias a vuestro estímulo sigo teniendo fuerzas para narrar todo lo que pasa por mi mente cuando me subo a la bicicleta. Gracias.


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